Real Fábrica de Artillería de La Cavada

Real Fábrica de Artillería de La Cavada

Real Fábrica de Artillería de La Cavada

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Se conoce por Real Fábrica de Artillería de La Cavada a unas importantes instalaciones fabriles de altos hornos que estuvieron situadas en las poblaciones próximas de Liérganes y La Cavada, en los municipios de Liérganes y Riotuerto, en Cantabria (España). Fue la primera siderurgia e industria armamentística del país y produjo durante más de dos siglos, entre 1622 y 1835, elementos de artillería y munición de hierro destinados a la defensa del Imperio Español y a garantizar su dominio de los mares.

Localización de las Reales Fábricas de Artillería de Liérganes y La Cavada. La franja azul muestra el valle del río Miera, de especial importancia para el desarrollo de la actividad en las dos fábricas

El desarrollo de la artillería en el siglo XV y su eficacia en los campos de batalla europeos propició una revolución tecnológica y una carrera armamentística de las potencias continentales. A partir de finales del siglo XVI y a medida que más estancado se mostraba el combate terrestre, más intentaban las principales potencias en buscar la determinación mediante la fuerza naval y el perfeccionamiento de sus técnicas militares. Es en este periodo cuando surgen las primeras flotas de guerra nacionales capaces de prolongar el conflicto a gran distancia de la metrópoli. En los siglos sucesivos quedaría bien patente que aquellas naciones que no pudieran abastecerse de miles de cañones para artillar sus barcos[1] se verían relegadas de las principales rutas comerciales marítimas, dejando el protagonismo en el dominio de los océanos, nuevo escenario principal de confrontación, a otros países.

España no fue ajena a este cambio estratégico en el escenario bélico mundial[2] y a los nuevos modelos de hacer la guerra.[3] En el centro de la revolución militar marina estaba la artillería, el cañón, que permitió la expansión militar europea por todo el mundo conocido. La creación de flotas armadas que protegiesen las rutas comerciales marítimas requirió el cambio de producción de las ferrerías y el forjado de los caros cañones de bronce al moldeado de los más modernos cañones de hierro colado. Ello supuso una revolución industrial debido al uso de nuevas técnicas de fundición.[4] La apremiante, y en algunos casos angustiosa, necesidad de artillería al servicio de unas políticas que fomentaban los conflictos y las guerras continuas (la fábrica de La Cavada llegó a producir hasta mil cañones anuales con destino a la marina y al ejército),[5] obligó a dar respuesta mediante un sistema de producción autárquico. Un sistema basado en la construcción de plantas industriales en el propio territorio capaces de satisfacer las necesidades de material bélico del país sin recurrir a operaciones de diplomacia secreta y comercio no manifiesto que pudiesen provocar caer en la órbita política de la potencia suministradora. Esta política fue común a la mayoría de las potencias europeas en mayor o menor medida.

La puesta en funcionamiento de estos centros de producción al abrigo de políticas mercantilistas de creación de Manufacturas Reales y considerados estratégicos por los gobiernos, requerían un gran volumen de capital para la producción de piezas de gran tamaño.[6] Se necesitaban unas importantes instalaciones[7] para albergar altos hornos de gran capacidad con unas condiciones geográficas particulares donde asentarse y mano de obra muy cualificada. Estas condiciones no eran fáciles de reunir en la Europa del siglo XVI. Buena prueba de ello fueron las tentativas fallidas que se dieron en España y en sus territorios de ultramar de instalar fundiciones similares.

Contenido

Historia de las fábricas

Retrato de Curtius.
Los cañones fundidos en las fábricas, como el de la imagen, eran más ligeros que los franceses y permitían ampliar calibres sin perder seguridad.

Sus inicios

Fue fundada en Liérganes por Jean Curtius (o Curçios), industrial de Lieja y proveedor de los ejércitos españoles en Flandes, tras varios años de litigios con el Señorío de Vizcaya, primera alternativa de localización de la fábrica.

En un principio, a partir de 1616 aprovecha la ferrería de La Vega sobre el río Miera 43°20′33.4″N 3°44′28.5″O / 43.342611, -3.74125 y empieza a construir las fraguas, hornos, carboneras y muros exteriores del complejo fabril de Liérganes. Es el 9 de julio de 1622 cuando una Real cédula aprueba un generoso contrato que garantizaba a Curtius el monopolio de la fabricación de numerosos productos. Para su trabajo se traen de Flandes numerosos oficiales fundidores. La localización de la fundición respondía a criterios de aprovisionamiento de materia prima en los bosques cercanos, a priori inagotables, el caudal abundante y regular del encajado río Miera durante seis a ocho meses al año (diferente al de la actualidad y en su mayor parte modificado por la propia actividad de deforestación de las fábricas en los montes de la cabecera del Miera), la existencia de canteras cercanas de piedra refractaria, arenas y arcillas para los moldes, las cercanas salidas de los productos a los astilleros de Camargo y el puerto de Santander en el Mar Cantábrico y la proximidad a minas de hierro,[8] canteras y tierras de arena y barro, así como la abundante mano de obra. Desde el inicio de la actividad, las fábricas de Liérganes y La Cavada llevaban seis tipos de clientelas principales para su producción militar: la marina de guerra española, el ejército, las fortalezas en plazas peninsulares y de ultramar, los armadores de la marina mercante y de corso y las exportaciones a otros países, siempre que estos no fueran «infieles ni a otro ningún enemigo de la Corona, sino a amigos y confederados de ella, prefiriendo siempre amigos, vasallos y súbditos fieles».[9]

En 1618 se contrata la construcción de dos altos hornos[10] llamados San Francisco y Santo Domingo. Sus calderas median 6,30 metros de alto más 11 metros de foso y ese mismo año empieza las pruebas con la llegada de 40 oficiales fundidores traídos de Flandes junto con sus familias. El coste de todos estos trabajos y el mantenimiento de los flamencos ascendía a 100.000 ducados y Curtius apremia la confirmación del Consejo de Estado para que le confirmen los Privilegios de fabricación de artillería de hierro, municiones y otras manufacturas. La confirmación llega por Real Cédula en el año 1622. El retraso de los pedidos y la delicada situación de sus empresas en Flandes lleva a Curtius a la ruina y en 1628 se ve obligado a ceder sus derechos a un consorcio integrado por el contador Salcedo Aranguren, Jean de Croy, Charles Baudequin y Georges de Bande, un luxemburgués inteligente y hábil en los negocios. A la muerte de un Curtius casi arruinado, De Bande desplazó a sus socios y se hizo con la dirección de la empresa, decidiendo en 1634 la construcción de un nuevo ingenio en la población de La Cavada 43°21′7.3″N 3°42′28.6″O / 43.352028, -3.707944.

El mineral de hierro para abastecer las fábricas de cañones provenía de las minas de Heras, Somorrostro y Monte Vizmaya. En la imagen, la antigua explotación minera al aire libre en el Monte Vizmaya (Entrambasaguas). La extracción del mineral ha permitido dejar al descubierto interesantes formas kársticas en la roca caliza.

El aumento de la demanda supuso la puesta en marcha de un proyecto mayor: la instalación de una nueva fábrica llamada Santa Bárbara en el paraje de La Cavada (hoy una localidad), en el Concejo de Riotuerto.[11] Este lugar, a cinco kilómetros de Liérganes, es donde se construyeron entre 1635 y 1637 dos altos hornos (de los cuatro que llegó a tener) llamados San José y Santa Teresa y acompañado de nuevas innovaciones tecnológicas en años posteriores.[12] A partir de esta época, la Fábrica de Artillería de La Cavada será la denominación de todas las instalaciones asociadas al complejo (Liérganes, Valdelazón, Tijero, y demás minas y montes). Con De Bande en la dirección también se construye una capilla y el muelle de Tijero, donde se daba salida a las piezas de artillería para ser almacenadas en el castillo de San Felipe en Santander.

Las fábricas alcanzaron entre 1635 y 1640 una alta producción, fruto de la demanda de armamento de la Monarquía española con el fin de mantener a la España de Felipe IV como gran potencia europea y poder controlar las rutas marítimas hacia Flandes. Se fundieron en este periodo un total de 939 cañones de calibres superiores, 195.000 balas, 4.010 bombas y unas 8.500 granadas.

La derrota naval de las Dunas y los alzamientos de Cataluña y Portugal significaron un debilitamiento de la demanda de cañones para la Armada. La sobreproducción de la fábrica cambió los esfuerzos de fabricación, que se dedicaron a las municiones y la pólvora frente a la artillería. La conveniencia de instalar otra fábrica cerca del Rosellón, teatro de operaciones francoespañol, hizo a Georges De Bande levantar otras instalaciones en el Señorío de Molina.[13]

Dos direcciones

A la muerte de Bande en 1643, ya enriquecido enormemente, su mujer Mariana de Brito dirigió la fundición operada por los técnicos flamencos (cerca de setenta familias se asentaron en la zona) alcanzando altos rendimientos. La considerable fortuna de Jorge de Bande suscitó recelos y envidias que originaron una intervención del estado. El historiador José Alcalá-Zamora cuenta como su importante fortuna fue tema de conversación en la alta burocracia del Estado que tras averiguaciones reclamó a la viuda de Bande unos fuertes intereses por una supuesta falta de incumplimiento en la entrega de unas piezas de artillería para Flandes en 1631 y cómo fueron intervenidos los bienes del luxemburgués. Mariana de Brito tuvo que recomprar la factoría de La Cavada en subasta tras la apropiación del Estado.

El estancamiento de la producción de la fábrica a partir de este periodo fue patente, provocado por la conclusión de las políticas guerreras de la monarquía española y la reducción de márgenes de beneficio impuesto por el estado. El difícil mantenimiento de los nuevos precios por parte de Mariana de Brito y la inminente caducidad del asiento de la fábrica hizo que se incorporara Diego de Noja y Castillo como asentista de la fábrica de Liérganes y doña Mariana a la de La Cavada. La situación de escasa demanda estatal fue ligeramente atenuada por la compra de piezas por Holanda, enfrentada a Inglaterra, y por medios particulares. Sin embargo, se sufrieron frecuentes crisis y paros en la producción que no serían superados hasta 1716.

En 1661 se incorporan a la dirección de la fábrica los hijos de Mariana de Brito (fallecida en 1673): Juan y José de Olivares, quedando finalmente Juan a cargo de la fábrica de La Cavada y José con la de Corduente. Al fallecimiento de Diego de Noja, su nieto Pedro de Helguera Alvarado ocupó su puesto. De esta forma, las familias Noja y Olivares fueron dirigiendo las fábricas de Liérganes y La Cavada, respectivamente, haciendo cada una la mitad de las entregas oficiales, aunque en la realidad fue la de Liérganes algo superior. La innovación tecnológica en este periodo vino de la mano de la munición terrestre: morteros y bombas fueron de interés para la guerra y el asedio. Y todo ello hasta 1715.

El periodo expansivo

El proceso de fundición de los cañones de hierro, continuado desde mayo hasta octubre, era de la siguiente forma. Desde la parte superior de los altos hornos, que se encontraban al mismo nivel que la carbonera, se iba cargando la cápsula. Primero sólo con carbón vegetal, para después de trascurridos varios días y una vez alcanzada la temperatura deseada, añadir alternativamente capas de carbón y mineral de hierro (A). El carbono del carbón vegetal arrebataba el oxígeno al mineral de hierro, el cual se iba depositando en el fondo de la caldera al tener una mayor densidad. En la parte inferior del horno existían unas toberas por donde se forzaba la entrada de aire mediante unos grandes fuelles accionados por mecanismos hidráulicos (B). El aire insuflado favorecía la oxigenación y con ello la combustión. En el crisol del horno se encontraba un orificio por el que fluía el arrabio cuando se sangraba el alto horno y se dirigía al foso en el que se hallaba enterrado el molde del cañón (C). Encima de esta abertura, pero debajo de las toberas, había otra boca por donde salía la escoria, de menor densidad que el hierro (D).

De 1716 a 1800 vino la gran época de las fábricas, asentada en la importante expansión de las rutas del Atlántico y el mayor crecimiento de la Armada española por la protección de los barcos que hacían las rutas por las Indias. De 1716 a 1800 se construyeron en España, no sin problemas, un total de 103 navíos de línea con más de 6.900 cañones. En 1773 la Armada española disponía de 60 navíos con más de 6.000 piezas de artillería. No obstante, se perdieron 49 buques entre 1761 y 1805, sobre todo por combates navales. Esta época fue el gran despegue de los cañones de hierro colado[14] y supuso un renombrado prestigio para las piezas hechas en las fábricas de Liérganes y La Cavada por su ligereza y seguridad. Era de sobra conocida en el mundo la calidad de estos cañones, que a pesar de disponer de poco ornato, tenían una gran virtud: no solían reventar aunque se sometieran a un prolongado fuego y "avisaban" antes con la aparición de grietas o pedazos expulsados, a diferencia de otros cañones que reventaban de improviso con el peligro que suponía para la dotación a su cargo.[15]

Las dos factorías de Liérganes y La Cavada son regidas en esta época por el nieto de Mariana de Brito, Nicolás Xavier de Olivares, que alcanzó los niveles de producción de la época de Jorge de Blande. Es en este tiempo cuando en las fábricas se realizan además las cañerías de las fuentes de Aranjuez y San Ildefonso, importantes por el volumen de fundición. En 1738 el hijo de Nicolás Xavier, Joaquín, se hizo cargo del asiento de los Altos Hornos y alcanza en 1742 el título de Marqués de Villacastel. En esta época fueron asignados privilegios y prerrogativas a los asentistas y operarios de las fábricas, algo que no gustó a los habitantes de las localidades y que fue origen de problemas de convivencia.[16] Se inaugura un nuevo horno y un reverbero con el que se alcanzan los máximos volúmenes de producción de la historia de las fábricas (1756-59) con 800 piezas de artillería y obra civil y 400.000 piezas de munición.[17] En 1759 muere Joaquín, y las fábricas de Liérganes y La Cavada las posee su hija María Teresa del Pilar, que se casaría con el conde de Murillo.

La nacionalización de las instalaciones

Con la llegada de Carlos III en 1759 se revocan los privilegios concedidos a los Villacastell, se interviene y expropia la fundición, convirtiéndola en Real Fábrica en 1763, y se nombra director de ésta al teniente coronel Vicente Xiner. María Teresa del Pilar y el conde Murillo son compensados con una cantidad importante a pagar por la Corona: más de cinco millones de reales.

La poca autonomía de las Reales Fábricas, ya estatales, frente a la iniciativa privada introdujo dificultades en su desarrollo, tanto de gestión como de producción e innovación. Los hornos redujeron su volumen de producción y las innovaciones tecnológicas en países como Inglaterra fueron complemento a su deterioro.

Las directrices y los experimentos técnicos del Cuerpo de Artillería del Ejército en la fábrica de La Cavada, que incluían nuevas técnicas de fundición en sólido con moldes de barro y posterior torneado, supusieron un fracaso en la calidad de las piezas[18] y un desecho de armamento inútil. Los hechos ocurridos a finales de 1771 en Ferrol, donde reventaron dos cañones fundidos en La Cavada, hicieron someter a todas las piezas fundidas en sólido a varias pruebas de las que se obtuvieron un penoso resultado: el 80% de un millar y medio de cañones reventaron o se agrietaron.[19] Todo ello provocó un estrangulamiento de la hacienda.

La mayoría de estos cañones tenían su destino en las baterías costeras del imperio y su Armada real. Muchos de los barcos fueron construidos en las atarazanas de Guarnizo, a donde se enviaban gran parte de las piezas. El de la imagen protegió el fuerte de San Carlos en Santoña.

Desde la Secretaría de Estado de La Marina hubo preocupación, pues estos incidentes en la principal fábrica de artillería española provocaban que la Armada estuviese desartillada. Se concluyó en las investigaciones que el deterioro de las piezas no se debía al método de fundición, sino a los minerales de hierro utilizados y al método de torneado.

La producción de cañones que necesitaba la flota española (diez mil piezas de 1764 a 1793) no se consiguió, llegando únicamente a las 6.000 unidades. Se recurrió a los excedentes en Inglaterra[20] para alcanzar el programa naval de armamento hasta la guerra de España con este país en 1778. En 1790 se construye un sexto horno con la finalidad de cubrir este déficit y ayudar, en principio, a la fortificación de las plazas en las Indias. La Cavada empieza a fundir carronadas,[21] elementos que ya eran utilizados en las marinas inglesas y francesas y que se empiezan a producir tras su prueba en buques españoles.

El arco conmemorativo de Carlos III en La Cavada sirvió de entrada al complejo fabril. La imagen es del año 1890, cuando ya las instalaciones se encontraban abandonadas.

En 1781 se encomienda al Ministerio de Marina la dirección de la fábrica de La Cavada y se vuelve a los antiguos métodos de fundición de los años de Villacastel de la mano de Antonio Valdés y Fernández Bazán, nuevo director. Se consiguen buenos resultados y se construye en 1783 un cercado de tapia alrededor de todo el complejo y un arco triunfal a modo de portada que daba entrada a la fábrica y que aún se conserva en La Cavada.

A partir de 1787 se vuelven a fundir en los hornos objetos para la industria privada, como escudos, piezas de maquinaria, caños, herramientas para obras en caminos, etc. Ese mismo año, el ingeniero de la Marina, Fernando Casado de Torres e Irola conoce al ingeniero austriaco Wolfgang de Mucha en Viena. Este contacto influirá de forma notable en el devenir de la fábrica de La Cavada durante los siguientes años. Los encuentros que tuvieron Casado de Torre y de Mucha en Austria estuvieron marcados por un caracter secreto que bien podría calificarse de espionaje industrial-militar y que llevó al ofrecimiento de trabajo en el Reino de España. Así, en 1790 y una vez aceptado el ofrecimiento y siguiendo órdenes reales dadas por el ya Ministro de la Marina, Antonio Valdés, el embajador en Venecia Simón de las Casas acompaña a Wolfgang de Mucha en su viaje a España. En La Cavada, y tras reconocer el estado de las instalaciones, se hace cargo de la construcción de un sistema de conducción de maderas por flotación a lo largo del río Miera. Mediante una serie de importantes infraestructuras de canalización y represamiento de su cauce, la madera era transportada hasta la fábrica. Esta empresa consume numerosos recursos económicos y supone un importante esfuerzo de construcción nunca realizado hasta el momento en España. La empresa solo funcionó unos pocos años y solo fue parcialmente completada. Las razones de su abandono fueron variadas pero sobre todo se debieron al alto coste de su desarrollo, la oposición de las gentes, y a las demasiado optimistas previsiones en el volumen de madera transportada.[22] En 1792 se introducen importantes reformas en los hornos de Liérganes.

El declive

El declive de la marina española con la derrota en la batalla de Trafalgar afectó a la fábrica, que entró en crisis de sobreproducción y desde los últimos años del siglo XVIII su rendimiento cae en picado por tres factores: falta de demanda de la Marina Real, escasez de dinero y falta de carbón.

Hacia 1688 los nuevos navíos de línea estaban capacitados para operar tanto en el mar Caribe como en el océano Índico y en el Pacífico, a fin de lograr tanto la superioridad táctica como la estratégica. En la imagen el navío español Santísima Trinidad, que con sus cuatro puentes y 140 cañones fue el mayor de su época, hundiéndose en la Batalla de Trafalgar. La artillería naval española y sus municiones procedían en su mayor parte de las fábricas de Liérganes y La Cavada.

La Marina de guerra española experimentó una vertiginosa reducción de sus buques debido a los hundimientos en confrontaciones con el imperio inglés. Así, y según José Alcalá-Zamora[23] en 1796 constaba de 77 navíos de línea, 66 en 1800, 39 en 1806, 21 en 1814, 7 en 1823 y 3 en 1830.

Respecto al último factor, la Corona expidió una Célula que obligaba a que se dieran los montes a los precios acostumbrados, y que a petición de los asentistas se repararan los caminos para hacer el transporte de la madera. El abuso de estos privilegios provocó el recelo de los habitantes y la desaparición de las ferrerías de la zona. En 1754 y con el fin de asegurar el aprovisionamiento de madera, el marqués de Villacastel decide ampliar el área de restricción forestal a cinco leguas de radio, y tal fue la búsqueda desesperada de carbón vegetal que se extrajo madera de los bosques de Espinosa de los Monteros, construyendo en 1796 un resbaladero de troncos en Lunada de 2.400 metros de longitud para el que se emplearon 2.000 hayas.[24] Estuvo en servicio poco tiempo, ya que para el año 1800 no tenía actividad.[25]

Otra medida fue la prohibición del corte de árboles[26] en los montes bajo pena de severos castigos a los vecinos. El libro de José Alcalá-Zamora, Historia de una empresa siderúrgica española: Los Altos Hornos de Liérganes y La Cavada, 1622-1834, cuenta un suceso ocurrido en la noche del 27 de mayo de 1784:[27]

Dos pobres labriegos, Antonio Cuesta y Manuel Gutiérrez, para hacer salir a un zorro que les había matado dos ovejas prendieron fuego a un matorral. A consecuencia, se quemó un quejigo, a pesar de los desesperados esfuerzos para evitarlo. El Tribunal de La Cavada, tras haberles incautado en los preliminares una sábana y otras prendas, como únicos bienes que tenían, les condenó a dos años de presidio en África, apercibiéndoles de que serían diez a la siguiente trasgresión. Intervino Madrid, rebajando la pena a destierro por igual tiempo a seis leguas de su domicilio, atendiendo a la falta de ánimo y dolo y evidenciándose que el incendio se hizo para evitar continuase el riesgo de su ganado, único objeto de mantener aquellos infelices.

Si bien, sobre este hecho José Bonifacio Sanchez opina en su libro Historia y Guía Geológica y Minera de Cantabria que la pobreza en la disculpa ante este incidente se debe de relacionar con la idiosincracia del campesino y la práctica tradicional de quema de monte asociada a la agricultura y la ganadería. Por contra, cuenta también el hecho de que existieron premios por la plantación de árboles que según indicaba Melchor de Jovellanos nadie nunca cobraba.[28]

Independientemente de todo ello, estas prohibiciones en las cortas de leñas y maderas de los montes provocaron quejas de la muchedumbre, que se veía perjudicada en la obtención de recursos para su subsistencia[29] y que a la larga supuso la deforestación de los montes orientales de Cantabria y Burgos, especialmente tras la incorporación de las fábricas a la Corona y la Ordenanza de la Marina de 1741.

En 1795 cierra, tras 160 años de actividad, la fábrica de Liérganes y produce las últimas piezas para la guerra contra Francia. La utilización de carbón mineral para la fundición de La Cavada no logra los resultados deseados y se vuelve al carbón vegetal. A partir de 1800, sólo funcionaban dos de los cuatro hornos disponibles, algo causado en gran parte por la escasez de materia prima.[30] Los años previos a la invasión napoleónica supusieron un efímero incremento del número de fundiciones entre 1806 y 1808. No obstante, su rendimiento seguiría siendo escaso.

Las crecidas del río Miera en 1801 y 1834 hicieron que el caudal de sus aguas en la localidad de La Cavada superase el puente del Real Sitio, infraestructura que sirvió de entrada al recinto fabril.[31]

La invasión francesa ocupó en sus inicios el País Vasco y Navarra. La fábrica de La Cavada y Liérganes se convirtió en un punto estratégico de importancia. Con la llegada del ejército napoleónico a Santander el 23 de junio de 1808, las fábricas fueron poco ocupadas, ya que los franceses necesitarían de una fuerte guarnición para poner en marcha unas fundiciones con escasa lealtad de sus operarios y una producción inútil para la ya muy reducida flota francesa. Además, la preocupación de las tropas imperiales de Napoleón era ocupar la costa ante la incertidumbre de una invasión inglesa.

La Guerra de la Independencia trajo a la zona tiempos de penuria y hambre ante la dejadez en el cobro de sueldo de los operarios de las fábricas y la incorporación de los jóvenes al ejército. El rendimiento de la fábrica se redujo considerablemente. El apoyo de la fábrica de La Cavada a la causa del rey Fernando VII fue un hecho, prestando material clandestino tanto a la guerrilla como a las tropas regulares.

Tras la Guerra de la Independencia, en 1818 se comienza una nueva fundición con resultados desastrosos. La llegada del Gobierno liberal y el impulso de los ayuntamientos obstaculizaron las operaciones carboneras de La Cavada, tan denostadas por los aldeanos, pues les impedían el uso libre de los bosques y la creación de tierras agrarias.

Instaurado, de nuevo, el régimen absolutista de Fernando VII, siguió la fábrica su actividad sin conseguir producir a precios competitivos. Vistos los resultados de explotación de la fundición, muchos operarios comenzaron a buscar nuevos trabajos.

El deseo de privatización de la Real Fábrica de La Cavada por el gobierno de Fernando VII no logró atraer el capital extranjero, más interesado en las zonas mineras asturianas. El catedrático Gregorio González Azaola es nombrado en 1831 director interino de las instalaciones de La Cavada. Conocedor de las nuevas industrias en Europa apoyadas en la minería del carbón, da por perdidas las viejas instalaciones reales.

Una inundación del río Miera en la tarde del 19 de agosto de 1834 destruyó las presas que movían las máquinas de La Cavada. Ya no se volvieron a reparar. Las incursiones de las tropas carlistas saquearon las instalaciones durante todo ese año. Esos dos hechos fueron el punto final de unas fábricas que se cerraron en 1835 y que se estima produjeron en sus más de 200 años de actividad 26.000 cañones, centenares de miles de balas de distinto calibre y millares de piezas de orden civil.[32]

La imagen, del año 1926, muestra aún un cañón abandonado en la orilla del río Miera junto a los restos de la fábrica.

Tras el abandono de las instalaciones en los años posteriores a 1830, «los comarcanos se apresuraron a irse llevando todo lo que pudieron de los edificios y talleres, entre otras ideas, probablemente con la ingenua de impedir la restauración de las instalaciones».[33] Ya en 1850, Pascual Madoz en su diccionario geográfico-estadístico-histórico describía el lugar de La Cavada indicando que:

No hay pluma que baste á pintar los destrozos que este sitio ha sufrido de pocos años a esta parte.[...] Las famosas obras de presas, cauces y demas han sido arrebatadas por las corrientes: las enormes ruedas que componian las máquinas, y todos los útiles han desaparecido; las abundantes maderas de caoba, cedro y encina que llenaban los depósitos y maestranzas, han sido presa del abandono y del pillage; y cerca de 2.000 cañones de hierro de todo calibre, un sin número de balas y otros muchos efectos, se han transportado a Santander otras partes. En el sitio solo han quedado las casas de las maquinas, el cuartel, el palacio, la capilla, el reloj puesto en una torrecita, que esta parado, y varias mesas de hierro colocadas en diferentes puntos para juego, refresco, etc. [...] Existe hoy una guarnicion de 11 artilleros y un sargento, un invalido, y el contador que habita el palacio.

En 1881 casi no quedaba rastro ya de la fábrica.[34]

Los técnicos y operarios

La instalación de la fábrica de La Cavada supuso la llegada de técnicos provenientes de Flandes con el fin de difundir e instruir a los operarios españoles autóctonos la experiencia que aquellos tenían en el arte de la fundición. Estos grupos de especialistas fueron los que pusieron en marcha entre 1617 y 1628, con el decidido apoyo de la Corona, la fábrica de Liérganes y a cada dificultad o progreso en Europa se procuraba traer el personal más capacitado. De tal forma que incluso todavía en 1679 era preciso conseguir nuevos técnicos flamencos porque «no se había podido conseguir que los naturales de estos reinos se hubiesen aplicado a esta facultad».[35]

Una diligencia cruzando el antiguo puente de La Cavada sobre el río Miera a finales del siglo XIX y que daba acceso a la fábrica de artillería. Pascual Madoz lo describía como un puente "de 2 arcos de piedra labrada con unos 30 pies de altura en su parte media, y la anchura suficiente para dar paso á un carruaje mayor; tiene soberbios tajamares, algunos de ellos de cañones de hierro y lo que presenta de mas notable es su gran fortaleza, pues nada ha desmerecido apesar de las fuertes avenidas que ha sufrido".

Los maestros flamencos, sabedores del trabajo en las minas, formaban además a prácticos encargados de las labores de localización del mineral y el seguimiento de su explotación para el aprovisionamiento de material para los hornos.

Unas setenta familias vinieron a Liérganes y La Cavada a principios del siglo XVII, principalmente de la zona de Lieja, para poner en marcha las fábricas de artillería y fueron el germen de cinco o seis generaciones de flamencos asentados en la región que trabajaron alrededor de las instalaciones durante los siglos XVII y XVIII. Esta comunidad, que se favorecía de un monopolio en las funciones de la fundición, tuvo que sufrir durante 200 años un aislamiento por parte de los aldeanos próximos a las fábricas. Fueron objeto de reticencias, desvíos y malos tratos por parte de las gentes del lugar (posiblemente no tanto por los propios obreros que trabajaban en las fábricas) tratándolos, aún incluso a sus bisnietos, como extranjeros y formando una especie de linaje por casi endogamia forzosa y calificándolos de rabudos, término despectivo de la época con el que se aludía a los flamencos. Fueron privados de los oficios concejiles y honores sociales. Se les concedió el fuero de Artillería por ser conveniente en España pero existieron numerosos pleitos debido a la oposición de la población a que dispusiesen de títulos de hidalguía.[36] El privilegio fue concedido por Felipe V en 1718, reiterado en 1784 y nuevamente en el año 1794, cuando se les confirma el derecho a llevar un uniforme militar.[37] Durante años fueron constantes las contiendas entre lugareños y operarios para obtener sutiles ventajas unos y suprimirlas los otros con el apoyo del Estado.[38] Llegaron las ofensas incluso hasta en el momento de los entierros, como recoge un texto de un legajo recuperado en el libro de José Alcalá-Zamora:

...hasta en la misma iglesia les tienen lugar destinado para enterrar los cadáveres y se ha verificado el caso de que, habiendo fallecido una mujer del lugar de Rucandio en el de Riotuerto, cuya parroquia corresponde a La Cavada, advirtiendo los parientes de la difunta la daban sepultura cerca de donde la tienen los flamencos, exclamaron en tono y voces descompuestas dentro de la propia iglesia quería llevarla a su lugar, porque no era razón quedara una española junto a tan mala compañía.[39]

Estas injurias podían llegar en algunos casos a la extorsión y así lo denuncia en 1698 un tal Tomás Baldor, en nombre de sus compañeros, cuyos vecinos les tratan «penándoles y entrando en sus habitaciones con violencia y sacándoles prendas para hacerse pago de las penas que les hacían».[40]

La descendencia de estos técnicos de Flandes, orgullosos de su trabajo, ha llegado hasta nuestros días. Sus apellidos, en su mayoría flamencos, pasaron a castellanizarse en el siglo XVIII. En Riotuerto, Liérganes o municipios limítrofes, es fácil encontrar hoy vecinos con algún apellido Arche, Baldor o Valdor, Del Val, Bernó, Cubria, Guate, Lombó, Marqué, Oslé o Uslé, Otí, Rojí, Roqueñí, Sart, etc.

Una de las piezas del calibre 48 recuperadas para el Museo de la Real Fábrica de Artillería de La Cavada.

El número de trabajadores variaba dependiendo de la época del año, siendo los meses de fundición el tiempo en que las fábricas requerían más empleados. Esta eventualidad de la mayoría de los trabajadores y los bajos sueldos obligaban a la realización simultánea de tareas agrícolas. La temporalidad también se reflejaba en los trabajos de minería, transporte y carboneo asociados a la producción de las instalaciones. En muchos casos la obligatoriedad de trabajar en la corta y acarreo de maderas en los montes de Cantabria y Burgos ocasionaba numerosas quejas de los vecinos que veían desatendiendo sus labores agrarias por meses con unos salarios que consideraban escasos.

No obstánte, la localización del complejo fabril en la zona presentó oportunidades de trabajo para las familias de Riotuerto, Liérganes, Entrambasaguas, Miera u otros municipios cercanos, extremadamente miserables y pobres. Estas expectativas supusieron el aumento sensible de población en la Junta de Cudeyo, antigua división comarcal. El crecimiento entre 1636 a 1750 fue de un 40%, hasta llegar a los 8.000 habitantes.

Las condiciones del trabajo tanto en la fábrica como en las minas y los montes eran muy duras,[41] incorporándose mujeres y niños a muchas tareas. El sueldo, aun siendo bajo en comparación con otras fábricas de España, resultaba superior a la media de la región y suponía un interesante complemento a las tareas agrícolas en una zona «pobre y miserable». José Alcalá-Zamora cuantifica en una media de 4,82 reales de vellón los salarios de los 274 operarios que trabajaban en las fábricas en marzo de 1799. No obstante, las diferencias eran muy grandes, y así los ayudantes de fundición cobraban 800 reales al mes y un director 3.000.

Se obtenían otros beneficios, como los retiros a operarios veteranos que cayesen imposibilitados o enfermos, aunque existía a veces la obligación de asistir a las fundiciones mientras hubiera fuerzas. A las viudas o huérfanos de viejos empleados se les otorgaba una pensión a través de limosna. Estos retiros fueron desapareciendo a medida que la situación económica de la fábrica fue empeorando. Mejor suerte tenían aquellos trabajadores fijos y los que disponían de casa dentro del recinto fabril, ya que podían disponer de huerto, adquirir artículos a precios económicos en la "tabernilla" de La Cavada, primas por resultado, carbón, etc. En total la fábrica llegó a dar trabajo a unas mil personas en los tiempos de mayor bonanza.

Arqueología industrial y legado histórico

En la actualidad aún existen restos de las Real Fábrica de La Cavada, aunque la mayor parte de las construcciones fabriles han desaparecido o sus restos han sido reutilizados para nuevas edificaciones.

Límite y elementos actualmente observables del antiguo recinto de la Real Fábrica en la localidad de La Cavada.
1. Puente.
2. Portada de Carlos III.
3. Edificios de la guardia y administrativo.
4. Almacenes.
5. Casa Redonda.
6. Casas de los operarios y las caballerizas.
7. Retén de troncos y rampa.
8. Canal.
9. Puerta de Ceceñas.
10. Huerta del Ministro.
11. Huerta del Comandante.
12. Huerta del Tesorero.
13. Venta.
14. Huerta de las casa de oficial contador y del cuartel.

En La Cavada se pueden ver restos de los cierres del complejo que pudo llegar hasta la cercana población de Los Prados. Existe un alto muro de mampostería junto a la carretera que lleva al pueblo de Rucandio, en el lugar de Entrambosríos, el cual sirvió también de cerco al recinto. Esta construcción no aparece en los planos originales del Real Sitio, son los restos de un perímetro levantado para guardar la madera que descendía del río Miera desde el puerto de Lunada,[42] malogrado proyecto de Wolfgang de Mucha. A este proyecto también pertenecen unos retenes levantados en el río Miera y la rampa de arrastre de la madera, hoy en estado ruinoso pero perfectamente visibles.

Panorámica del Real Sitio en La Cavada. La imagen señala algunas de las estructuras conservadas de las antiguas instalaciones (pulsar para ampliar).
1. Puente.
2. Portada de Carlos III.
3. Edificios de la guardia y administrativo.
4. Almacenes.
5. Casa Redonda.
6. Casas de los operarios y las caballerizas.

La portada de entrada en honor a Carlos III, declarada Bien de Interés Cultural en 1985, es una de las tres puertas que tenía el recinto junto con la de Ceceñas y la de Liérganes. Responde a un estilo neoclásico, con arco de medio punto, pilastras a ambos lados y frontón triangular en el que se lee la inscripción:[43]


CARLOS III REY. AÑO 1784.


Los sillares se encuentran soldados por coladuras de plomo y hierro.

El puente sobre el río Miera y que daba acceso al recinto del Real Sitio fue levantado en el siglo XVII. La estructura sufrió diferentes daños a causa de las avenidas, en especial las de los años 1801 y 1834. En 1999 el puente fue afectado por una importante transformación con motivo de la ampliación de la carretera a Liérganes.

Actualmente también se pueden apreciar estructuras verticales, llamadas retenes, levantadas en el cauce del Miera y que permitían agrupar la madera que circulaba a favor de la corriente y que era incorporada al río desde el resbaladero de Lunada a 20 km del retén, lugar desde donde llegaba la madera de los montes de Espinosa de los Monteros y Quintanilla. Estos retenes tenían una potente cimentación y el cuerpo estaba construido con cantos y mortero. Existieron al menos cinco retenes en una doble hilera diagonal y que originariamente tendrían un entablado de madera en su parte superior a modo de puente. Entre los pilares se levantaba una celosía de madera que cumplía la función de retener los troncos. Estos eran desalojados a través de una rampa que todavía es observable. El transporte de troncos por el río supuso la ejecución de obras en el cauce del Miera, en el que se barrenaron grandes rocas, se rellenaron pozos y se encauzó el río en algunos tramos. Las medidas de los troncos debían presentar un estándar de siete pies de largo (195 cm) con un extremo menos grueso con el fin de evitar el bloqueo del cauce.

Entre las viviendas se conservan la Casa del Puente, construcción junto al Miera y fuera de la fortificación, que podría haber estado destinada a la guardia, las casas de la calle de Arriba, edificios para el alojamiento de operarios y para caballerizas, un edificio de viviendas junto al antiguo arco de Carlos III y que podría cumplir la función de conserjería u oficinas administrativas, y la Casa Redonda o El Palacio, cuya edificación principal ha desaparecido y sólo se conserva la capilla, ya muy transformada.

Existen asimismo restos de algunos almacenes y hornos, contrafuertes y paramentos sobre el río que servían de estructura defensiva y protegían de las avenidas, túneles, restos de presa y canales.

El 13 de abril de 2004, el conjunto histórico fue declarado Bien de Interés Cultural. El 27 de julio de 2006 se inauguró en La Cavada un museo que recoge la actividad llevada a cabo por estas instalaciones en la fundición de cañones que se emplearon en la Armada Real Española y en todo el Imperio. Se pueden observar cañones, las diferentes municiones utilizadas, maquinaria, escudos nobiliarios y diversas maquetas tanto de barcos como de las instalaciones.

Por otra parte, en la población de Liérganes se conservan diversas casonas de los siglos XVII y XVIII, como la Casa de los Cañones, y restos del canal y construcciones dedicados al barrenado de cañones en el sitio de Valdelazón. Todo ello recuerdo de una época de auge económico apoyada en la fábrica de artillería.

Las fábricas de cañones de Liérganes y La Cavada fueron durante la Edad Moderna el complejo siderúrgico más importante de España y durante siglos el único lugar donde se produjeron cañones de hierro colado para el sustento del Imperio.[44] Pero quizás el mayor legado histórico venga de la transformación del paisaje de la zona oriental de Cantabria y norte de Burgos donde desapareció la mayor parte de las masas arbóreas, ayudado por los procesos de pradificación asociados a la actividad ganadera pasiega, y de los apellidos provenientes de las familias flamencas que pusieron en marcha y trabajaron durante años las instalaciones y que actualmente llevan multitud de vecinos en aquellos lugares donde se desarrollaron las actividades de la factoría.

Cronograma de acontecimientos


Panorámica del Museo de la Real Fábrica de Artillería de La Cavada

Véase también

  • Personajes relacionados con la Real Fábrica de Artillería de La Cavada

Referencias

Notas

  1. Señala José Alcalá-Zamora que por aquellos tiempos y hasta las Guerras Napoleónicas un solo buque de batalla llevaba más y mayores cañones que todo un ejército y aún llegados a ese periodo bélico el peso de la artillería de un ejército de 100.000 hombres no sobrepasaba al de un navío de línea de tres puentes.
  2. El historiador e hispanista británico Geoffrey Parker señala en su libro La revolución militar que «a partir del decenio de 1650, apenas hubo guerra alguna en Europa que no se desbordase hacia una lucha por el dominio de los mares y, aún más allá, hacia una contienda por el poder y la influencia en ultramar. También allí descolló el triunfo de la "revolución militar"».
  3. Los barcos europeos, y en especial los españoles, inicialmente utilizaban la táctica militar consistente en la embestida y el abordaje, la denominada guerra a la española. El cambio en la guerra naval consistió en utilizar la artillería para hundir a distancia a los buques enemigos, táctica esta llamada sarcásticamente por los marineros españoles como guerra galana.
  4. La armada fue la gran beneficiada de este cambio, dado que para ella fueron el mayor número de piezas, mientras que el ejército, con menos requerimientos de cañones, podía seguir adquiriendo los caros cañones de bronce.
  5. TVE en Cantabria (2006). «Documental sobre la Real Fábrica de Artillería de La Cavada» (en español). Consultado el 2007-05-30.
  6. El peso medio de cada cañón oscilaba entre una y tres toneladas.
  7. Siguiendo a Alcalá-Zamora, los iniciales ingenios de Liérganes ocupaban una extensión de 7.700 m². La fábrica de La Cavada tenía una superficie de 44.500 m², a los que hay que sumar los situados en el sitio de Valdelazón con 8.800 m² más donde se realizaban labores de barrenado y pruebas de tiro.
  8. Se abastecería principalmente de las minas de hierro existentes en Peña Cabarga, el Monte Vizmaya de Entrambasaguas y Somorrostro.
  9. Asiento de 9 de julio de 1622 referenciado por José Alcalá-Zamora
  10. Estos dos primeros altos hornos supusieron un importante cambio en la tecnología de fundición de metales en España, ya que introdujeron en el reino un sistema de fundición mucho más sofisticado que el de las ferrerías que se aplicaba hasta entonces.
  11. En la Edad Moderna, el territorio correspondiente al actual municipio de Riotuerto estaba incluido en la Merindad de Trasmiera y se dividía en dos concejos, el de Riotuerto, con la parroquia de San Juan Bautista, y el de Rucandio al que pertenecía la parroquia de Santa María Magdalena. A la vez, sendos concejos estaban incluidos en la Junta de Cudeyo.
  12. El libro de José Manuel Maza Uslé, La Real Fábrica de Artillería de La Cavada: Liérganes. La Cavada. Valdelazón, señala la existencia de algunos problemas con los vecinos de Riotuerto durante la construcción de las instalaciones
  13. La Fábrica de Municiones de Hierro Colado de Corduente, en el Señorío de Molina (Guadalajara), inaugurada por Felipe IV en 1640, pretendía ser similar a la de La Cavada aunque en realidad nunca se fundieron cañones de tal calibre, fabricando únicamente balas, granadas y municiones de cañón cuyo peso correspondía a unos 80 kilogramos. La fábrica de Corduente dejaría de funcionar tras la Guerra de la Independencia.
  14. Los hornos de La Cavada fundieron 300.000 toneladas de mineral para producir 100.000 de hierro colado. Esta fundición, producto de la fusión del arrabio, conseguía un hierro que pertenecía a la clase denominada gris, la menos carbonada de todas y de extraordinaria calidad.
  15. A este respecto, el Marqués de la Ensenada escribiría el 26 de junio de 1748:
    Las fábricas de hierro de La Cavada y Liérganes en La Montaña eran las más celebradas de Europa, porque la materia de las de Francia, Holanda, Inglaterra y Alemania es muy vidriosa, no resiste tanto el cañón y revienta en pedazos, y la de acá no se distingue del bronce más que en no ser de tanta duración, porque por lo demás tiene la misma suavidad y blandura
    Zenón de Somodevilla y Bengoechea, marqués de la Ensenada
  16. Despacho de Francisco Núñez Ibáñez, comisario ordenador de Marina, en la que comunica una real cédula (Buen Retiro, 19 de diciembre de 1755) sobre privilegio concedido a Joaquín de Olivares, marqués de Villacastel, para proveer perpetuamente la artillería y municiones de sus fábricas de Liérganes y La Cavada, y el privilegio de la madera en cinco leguas a la redonda, para el abasto de dichas fábricas.
  17. También había aumentado el número de cañones en los buques de guerra de primera clase, pasando de 30, 40 o 60 piezas en 1630 a 74, 90 ó 120 en el primer tercio del siglo XVIII, según José Alcalá-Zamora
  18. Ensayos aparte, los cañones españoles fundidos en La Cavada ya tenían buena fama por su calidad, a pesar de su escaso ornato, y por poseer la ventaja de avisar antes de explotar porque se desquebrajaban cuando estaban a punto de estallar, lo cual daba tiempo al artillero a alejarse. No obstante, carecerían hasta Trafalgar de buenas llaves de fuego para el disparo de las piezas.
  19. Formando los denominados "escarabajos", hendiduras en el interior del cañón que resultaban peligrosas, pues podían contener restos del fuego y prender la pólvora que se introducía de nuevo.
  20. Se adquirieron miles de piezas a la Carron Company Ironworks (Carron, Escocia), instalación que fabricaba y abastecía con muy buenos cañones, realizados mediante la fundición con carbón mineral, a diversas marinas europeas, según indica Juan Torrejón Chaves en su trabajo La Artillería en la Marina española del siglo XVIII.
  21. Juan Torrejón Chaves en su trabajo La Artillería en la Marina española del siglo XVIII describe este tipo de piezas que toman su nombre de las instalaciones que las idearon, la Carron Company Ironworks, y eran cañones navales cortos cuya ánima no era completamente cilíndrica en toda su extensión, acabando en semiesfera de diámetro más reducido. Sus ventajas eran: ocupaba menos espacio, era atendido por un menor número de hombres, su utilización era más sencilla y rápida, necesitaba menos pólvora, tenía un mejor sistema de puntería y su efecto de disparo era mayor. Era un arma muy efectiva a corta distancia y causaba graves destrozos en la parte del barco por encima de la línea de flotación (obra muerta). Según algunos expertos, la ausencia generalizada de carronadas en los buques españoles que participaron en la batalla de Trafalgar ocasionó, en parte, la derrota de la escuadra franco-española
  22. En relación con este capítulo, es interesante destacar el trabajo del profesor de geografía de la Universidad de Cantabria, José Sierra Álvarez, que repasa toda la historia de este proyecto, desde los contactos que llevaron a la "adquisición para España" de Wolfgang de Mucha hasta las labores de construcción y la oposición que hubo en la realización de esta obra.
  23. Historia de una empresa siderúrgica española: Los Altos Hornos de Liérganes y La Cavada, 1622-1834, pág. 53
  24. Según cálculos, diez millones de árboles acabaron siendo cortados con el fin de ser convertidos en carbón vegetal, deforestándose unas 150.000 hectáreas de montes. Las importantes masas boscosas de robles y hayas que existían en torno a la fábrica no pudieron recuperarse del importante ritmo de talas y nunca más recobraron su tamaño original.
  25. El resbaladero de Lunada de J. Ignacio López. Boletín núm. 10 del Museo de las Villas Pasiegas.
  26. Se tiene constancia de privilegios para acotamiento de bosques en 1718 que se revalidarían en los años 1726, 1738 y 1747. A modo de ejemplo, el Archivo histórico provincial de Cantabria tiene recogido un legajo de 1742 titulado Orden de Juan José de Rebollar de la Concha, juez conservador de las reales fábricas de artillería de Liérganes y La Cavada, sobre prohibición de cortar árboles y vigilancia de los que se corten para carbones de dichas fábricas.
  27. Historia de una empresa siderúrgica española: Los Altos Hornos de Liérganes y La Cavada, 1622-1834, pág. 46
  28. se premia con medio real al que planta un árbol y años hace que nadie se presenta a cobrar el premio.
  29. En 1797, después de haber instalado la ya dicha enseñanza de humanidades castellanas, recibí dos reales órdenes, expedidas por los Ministerios de Estado y Marina. En la primera, aprobando los arbitrios que, de acuerdo con la Diputación General del Principado, había yo propuesto para continuar el importante camino de León, se me mandaba ya dar principio a sus obras. Por la segunda, que pasase reservadamente a reconocer el estado de los montes de Espinosa y fabricación de carbones en La Cavada y el de la mina de fierro en Jarrezuela, en Vizcaya, destinada para el mismo establecimiento; y con remisión de un voluminoso expediente, formado en la vía reservada de Marina, se me mandaba informar sobre una muchedumbre de recursos y quejas, así de los pueblos de Espinosa, acerca de los perjuicios causados por las cortas de leñas y maderas de aquellos montes, como del Señorío de Vizcaya, que pretendía ser contra sus fueros la adjudicación hecha a S. M. de aquella mina para las dichas fundiciones de La Cavada en D. Gaspar de Jovellanos a sus compatriotas: Memoria en que se rebaten las calumnias divulgadas contra los individuos de la Junta Central y se da razón de la conducta y opiniones del autor desde que recobró su libertad.
  30. Diego Prieto, segundo comandante de la fábrica, hablaba de las asoladas y calvas montañas que nos circulan en una carta a Godoy en 1802 citada por José Alcalá-Zamora
  31. Para José Manuel Maza Uslé sería la gran riada del año 1801 la que supondría la puntilla definitiva para el abandono de las instalaciones.
  32. Cantabria Económica (2006-10-05). «La fábrica que defendió un Imperio.» (en español). Consultado el 2007-04-15.
  33. El Archivo histórico provincial de Cantabria, por ejemplo, recoge en sus fondos una fianza carcelera de 1836 hecha por Aureliano de la Pedraja, abogado, a favor de su hermana Juana de la Pedraja, vecina de Riotuerto, por la causa que se sigue contra ella, por haber extraído hierro de la fábrica de La Cavada.
  34. Viñetas del sardinero: relaciones de José Ortega Munilla.
  35. En el primer asiento de 1622, y en relación a la actitud de guarda celosa de los conocimientos de algunos fundidores extranjeros, se lee este texto recogido por la obra de José Alcalá-Zamora:
    Que haya de tener y tenga en los dichos de sus Ingenios y oficinas ordinariamente gente natural de estos reinos, a quienes enseñe y haga pláticos en el arte y uso de ellos y en las fundiciones y demás cosas que labran y por lo menos ha de ser natural la mitad de la gente que en esto se ocupare
    .
  36. Según la historiadora Mar Díaz Saiz, en la obra Historia de Cantabria, a diferencia de la España meridional, en el norte el número de nobles era elevado y sus diferencias con el pueblo llano escasas. El 50% de la población tenía algún título de hidalguía. En el caso de Cantabria esta cifra fue mayor, alcanzando el 83% de la población en el siglo XVI y superando el 90% en torno a 1740. Así pues, poseer un título nobiliario durante la Edad Moderna en Cantabria no era raro, dado el número importante de hidalgos.
  37. De color rojo, azul y dorado, según cuenta José Bonifacio Sanchez en su libro "Historia y guía Geológica y Minera de Cantabria".
  38. En los padrones conservados en el archivo municipal del Ayuntamiento de Medio Cudeyo se guardan algunos documentos complementarios que justifican el estado de los empadronados. Entre ellos existen varios donde se recogen la guarda de privilegios o hidalguía para algunos flamencos. A modo de ejemplo, en un documento de 1705 se recoge un testimonio de una ejecutoria de los flamencos para que se los tenga por vecinos y que sean empadronados como flamencos y no como pecheros, o una Real Cédula de S.M. fechada en 1794 en la que concede el título de hidalgos a los flamencos descendientes de las Reales Fábricas de Artillería de Liérganes y La Cavada.
  39. Historia de una empresa siderúrgica española: Los Altos Hornos de Liérganes y La Cavada, 1622-1834, pag. 56
  40. Reales determinaciones recogidas en Historia de una empresa siderúrgica española: Los Altos Hornos de Liérganes y La Cavada, 1622-1834, pag. 56
  41. A modo de constancia, en el artículo Arquitectura antigua: Las Neveras de Virgilio Fernández Acebo dentro del Boletín número 5 del Museo de las Villas Pasiegas se hace referencia a la utilización de las neveras del cercano puerto de Alisas por:
    ...la demanda de hielo de las fábricas de cañones de Liérganes y La Cavada, que generaban gran cantidad de quemados y otros heridos.
  42. El trabajo de José Sierra Álvarez sobre la empresa del Miera para la conducción de madera a La Cavada hace referencia a la petición de dinero para levantar este cercado debido al robo de madera.
  43. Según la sección Patrimonio Histórico de la web de El Diario Montañés, la inscripción sustituyó a un escudo de armas reales que existió inicialmente.
  44. La Artillería en la Marina española del siglo XVIII

Bibliografía

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  • MAZA USLÉ, José Manuel (2009). «Orígenes y fundación de las fábricas de Liérganes y La Cavada» Revista de la Asociación Cántabra de Genealogía. n.º 1.

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