Pedro I de Castilla


Pedro I de Castilla

Pedro I de Castilla

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Pedro I de Castilla y León
Rey de Castilla y de León
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Pedro de I de Castilla y León, el Cruel para unos
y el Justiciero para otros.
Reinado 26 de marzo de 135023 de marzo de 1369
Otros títulos
Rey de Toledo, de Galicia, de Sevilla, de Córdoba, de Murcia, de Jaén, del Algarve y de Algeciras
Señor de Vizcaya y de Molina
Nacimiento 30 de agosto de 1334
Burgos (Castilla)
Fallecimiento 23 de marzo de 1369
Montiel (Reino de Toledo)
Entierro Véase Muerte del rey
Predecesor Alfonso XI de Castilla y León
Sucesor Enrique II de Castilla
Consorte Blanca de Borbón
Juana de Castro
Descendencia Beatriz de Castilla y de Padilla
Constanza de Castilla
Isabel de Castilla
Alfonso de Castilla y de Padilla
Juan de Castilla y Castro
Fernando de Castilla y de Hinestrosa
María de Castilla y de Ayala
Sancho de Castilla y Sandoval
Diego de Castilla y Sandoval
Casa Real Casa de Borgoña
Dinastía Dinastía de los Capetos
Padre Alfonso XI de Castilla y León
Madre María de Portugal

Pedro I de Castilla (Burgos, Castilla, 30 de agosto de 1334Montiel, Castilla, 23 de marzo de 1369), llamado el Cruel por sus detractores y el Justiciero por sus partidarios, fue rey de Castilla y de León desde el 26 de marzo de 1350, poco antes de tener 16 años, hasta su muerte con 35.

Al final de su reinado ostentaba los títulos de rey de Castilla, Toledo, León, Galicia, Sevilla, Córdoba, Murcia, Jaén, el Algarve, Algeciras y señor de Vizcaya y de Molina.[1]

Contenido

Juventud

Hijo y sucesor de Alfonso XI el Justiciero y de María de Portugal, hija del rey Alfonso IV el Bravo. Fue el último rey de Castilla de la Casa de Borgoña.

Su educación fue muy descuidada, pues Alfonso XI, llevado por su amor a Leonor Núñez de Guzmán, dejó la crianza de su heredero a María de Portugal, la reina consorte, que vivió con su hijo en el alcázar de Sevilla.

Inicios de su reinado

El comienzo de su reinado, cuando todavía no tenía 16 años, estuvo marcado por las luchas entre las distintas facciones que se disputaban el poder: los diversos hijos que había tenido Alfonso XI con Leonor Núñez de Guzmán, los infantes aragoneses, primos carnales del rey y la reina madre, María de Portugal.

Inicialmente, el poder fue controlado por la facción de la reina madre y del favorito portugués Juan Alfonso de Alburquerque, que le había servido de ayo. Éste, sospechando de las intenciones de la antigua amante de Alfonso, Leonor Núñez de Guzmán, aconsejó al rey que prendiera a sus hermanastros: el conde Enrique de Trastámara y el maestre de la Orden de Santiago Fadrique, lo que motivó la primera rebelión de los mismos. Sin embargo, estos fueron pronto perdonados por el nuevo monarca que, al aproximarse a Sevilla los que conducían el cadáver de su padre, salió con su madre a recibirlos a mucha distancia de la ciudad.

A mediados de agosto, Pedro, que contaba con 16 años de edad, cayó gravemente enfermo. La posible sucesión apuntaba hacia su primo carnal, el infante Fernando de Aragón, marqués de Tortosa y sobrino de Alfonso XI. Otros preferían a Juan Núñez de Lara, descendiente de los infantes de La Cerda por línea masculina, aunque estos habían renunciado formalmente a la sucesión a cambio de sustanciosas propiedades en tiempos del abuelo de Pedro, Fernando IV de Castilla. El restablecimiento del joven rey condujo a levantar el sitio puesto a Gibraltar y que cesara toda guerra con los musulmanes. Convaleciente de su enfermedad, Pedro permaneció en Sevilla hasta los comienzos de 1351, yendo después a Castilla y a Alburquerque con su madre.

Señorío de Vizcaya

Posteriormente, el monarca persiguió a Nuño de Lara, un niño de tres años, hijo del ya difunto Juan Núñez de Lara, para despojarle del señorío de Vizcaya. Aunque no pudo capturarle, sí que hizo suyo el territorio de Las Encartaciones, conquista que realizó Lope Fernández Pérez de Ayala, padre del cronista Pero López de Ayala.

Nuño de Lara falleció al poco tiempo, tras lo que 10.000 vizcaínos se prepararon para resistir a las tropas de Castilla. Sin embargo, Juana e Isabel, hermanas del pequeño fallecido, fueron entregadas a Pedro. Vizcaya, Lerma y Lara, con otras villas y castillos, se incorporaron al dominio real. Juana se casó con el hermanastro bastardo de Pedro, Tello de Castilla, e Isabel con el infante Juan de Aragón y de Castilla, primo carnal de Pedro I de Castilla y hermano menor del infante Fernando de Aragón.

La enorme confusión y los turbios intereses de la época hacen suponer que Fernando fue asesinado más tarde por orden de Pedro IV de Aragón. Juana e Isabel Núñez de Lara, el infante Juan de Aragón y Leonor, la madre de los infantes aragoneses Juan y Fernando y tía carnal de Pedro I, fueron asesinados en diferentes fechas por Pedro I de Castilla. De estos crímenes salieron beneficiados finalmente el hijo bastardo del rey Alfonso, futuro Enrique II de Castilla, que se encontraba en el mismo lugar de Aragón en el que fue asesinado el infante Fernando, Juan I de Castilla y el hermano uterino de Enrique, Tello de Castilla, señor consorte de Vizcaya, quien ocultó el asesinato por parte de Pedro de su esposa y señora titular de Vizcaya, Juana de Lara.

Cortes de Valladolid

Artículo principal: Cortes de Valladolid de 1351

Hacia 1351, recibió en Burgos la visita de Carlos II de Navarra, llamado el Malo, a quien regaló caballos y joyas. Posteriormente se desplazó a Valladolid para celebrar Cortes, donde dijo:

Los reyes y los príncipes viven é regnan por la justicia, en la cual son tenudos de mantener é gobernar los sus pueblos, é la deben cumplir é guardar.

Las Cortes de Valladolid duraron del otoño de 1351 a la primavera de 1352, asistiendo el rey hasta mediados de marzo de 1352. En esas Cortes sancionó un Ordenamiento de menestrales, de 2 de octubre de 1351, para intentar paliar las dificultades a la hora de encontrar mano de obra, a consecuencia de la Peste Negra, que asoló Europa en el siglo XIV y que incluso llegó a causar la muerte de Alfonso XI. Se condenaba la vagancia, se prohibía la mendicidad, se tasaban los jornales y salarios, se ordenaban las horas de trabajo en cada estación del año y se fijaba el valor de los artículos o productos.

Por petición, Pedro ratificó lo pactado en las Partidas sobre la inviolabilidad de los procuradores de las ciudades y villas, prohibiendo a los Tribunales «conocer de las querellas que ante ellos dieren de los Procuradores durante el tiempo de su procuración, hasta que sean tornados a sus tierras.»

En las mismas Cortes confirmó, enmendándolo, el Ordenamiento de Alcalá, ley del tiempo de Alfonso XI que daba fuerza legal a las Partidas; sancionó de nuevo el Fuero viejo de Castilla que publicó en 1356, y con la intervención del rey se aprobaron leyes contra los malhechores, se reorganizó la administración de justicia, se dictaron las disposiciones para el fomento del comercio, la agricultura y la ganadería, se rebajaron los encabezamientos de los pueblos por haber disminuido el valor de las fincas, se procuró reprimir la desmoralización pública, no menos que la relajación de costumbres en clérigos y legos, y se trató de aliviar la suerte de los judíos, permitiéndoles que en las villas y ciudades ocupasen barrios apartados y que nombraran alcaldes que entendieran en sus pleitos.

Con todo ello el rey afirmó su alianza con las ciudades, lo que los nobles entendieron como un ataque a sus privilegios, aumentando su enemistad con el rey.

Desde Valladolid, de donde salió a finales de marzo de 1352, pasó a Ciudad Rodrigo para reunirse con su abuelo materno, el rey de Portugal Alfonso IV, que le dio prudentes consejos para el gobierno, recomendándole especialmente que viviera en paz con sus hermanastros.[cita requerida]

Comienzo de la rebelión

Después de la reunión con Alfonso IV de Portugal, se dirigió a Andalucía para someter a Alfonso Fernández Coronel, si bien hubo de encomendar bien pronto a otros aquella guerra por haber sabido que su hermano Enrique se fortificaba en Asturias. No tardó en conseguir que su hermanastro se le sometiera con las mayores muestras de arrepentimiento. Con igual rapidez y fortuna sofocó los intentos de rebelión de su otro hermanastro Tello. Así pudo volver a Andalucía y, en 1353, dar muerte por ejecución a Fernández Coronel.

En aquel tiempo ya era amante de María de Padilla. Tras llegar a Valladolid su prometida, Blanca de Borbón, se casó con ésta el 3 de junio de 1353 por razón de Estado. Pedro abandonó a Blanca a los dos días y ordenó que la encerraran en Sigüenza y luego en el Alcázar de Toledo; con ello provocó la ruptura con Francia, la caída de Alburquerque y una rebelión en Toledo, que pronto se extendió a otras ciudades.

En 1354 y tras la rebelión, destituyó al alguacil mayor y a los demás depositarios de la autoridad real nombrados por Alburquerque, reemplazándolos por los Padilla, sus nuevos favoritos. Desposeyó a Juan Núñez de Prado del maestrazgo de Calatrava y se lo dio a Diego García de Padilla, hermano de María, el cual hizo dar muerte a su predecesor en el castillo de Maqueda, perteneciente a la misma Orden, por un tal Diego López de Porras.

Destitución de Alburquerque

El apartamiento del señor de Alburquerque del servicio del rey no bastó y decidió quitarle los lugares que tenía. Pedro sitió la plaza de Medellín. Los caballeros que defendían la plaza enviaron un mensaje a Alburquerque en el que le pedían ayuda o que les librara del "homenaje" que, como guardadores de la plaza, tenían prestado a Juan Alfonso, que no pudo ayudarlos.

Al punto marchó Pedro contra la villa de Alburquerque, pero se negaron a abrirle las puertas. Estaba dentro el comendador mayor de Calatrava, Pedro Estébanez Carpentero, contra quien dio sentencia el rey por haberle resistido, aunque éste alegó que ni era alcaide de la fortaleza, ni estaba allí por otra causa que por miedo de ser partícipe de la suerte funesta de su tío, don Juan Núñez de Prado, maestre de la Orden.

No fue éste el único castillo que mantuvo el pendón del señor de Alburquerque, por lo que Pedro se apartó de la frontera, dejando a sus hermanastros promovidos por él a conde de Trastámara y al maestrazgo de Santiago, controlados en sus movimientos por Juan García de Villagera, hermanastro de la amante del rey, y a quien había favorecido con la encomienda mayor de la Orden de Santiago.

Al mismo tiempo envió sus mensajeros a su abuelo el rey de Portugal con quejas contra Alburquerque, los cuales llegaron al tiempo en que se celebraban en Évora las bodas de Fernando de Aragón, marqués de Tortosa y primo hermano de Pedro I, con doña María, infanta portuguesa. Una parte de nobleza levantisca consideraba seriamente al infante Fernando de Aragón como posible sucesor legítimo del trono de Castilla si Pedro muriese sin hijos legítimos varones, a menos que éstos fueran eventualmente asesinados o "desaparecidos".

A esta boda asistió también Juan Alfonso de Alburquerque, quien dirigió al monarca portugués un razonamiento sobre los agravios que había recibido y recibía aún de su nieto castellano Pedro. No faltaron en el discurso suaves amenazas contra Enrique de Trastámara y su hermano, lo que significa que aún no habían comenzado los tratos entre él y ambos bastardos, hermanastros de Pedro. Alfonso IV de Portugal dio a entender entonces las quejas de su nieto Pedro sobre la gestión de Albuquerque de las rentas de Castilla y, por último, se mostró orgulloso de haber procurado al rey un enlace ilustre y la paz con Aragón, Navarra y Portugal.

El rey de Portugal se puso de parte de Alburquerque, que era su huésped y pariente, y lo mismo hicieron otros nobles de su corte; pero al hablar algunos caballeros castellanos de la comitiva del novio conforme a la pretensión de los embajadores, se embraveció la disputa, de manera que los festejos estuvieron a punto de ser sangrientos, aunque el rey lo impidió con su autoridad y mandato.

Traición

La corte portuguesa pasó después a Estremoz, y con ella iba Juan Alfonso. Allí recibió éste un mensaje de Enrique y Fadrique, quienes habían sido puestos por su hermano para defender la frontera, en el cual proponían pactos y alianzas a Juan Alfonso encaminados a lograr ventajas para los tres. Se reunieron en Elvas y Badajoz, y tan avanzados iban los tratos, que apresaron a Juan García de Villagera, aunque logró escapar a las pocas horas y presentarse a su señor informándole de la conjura. Se cree que la Reina Viuda Consorte, María, madre del rey, no estaba involucrada en la conjura.

El pacto postulaba que la Corona de Castilla fuera para el infante Pedro, hijo del rey de Portugal, como nieto de Sancho IV el Bravo en lugar de para Fernando de Aragón, primo carnal de Pedro I de Castilla. El infante portugués recibió las propuestas por boca de Álvar Pérez de Castro, hermano de la célebre Inés, y las admitió, aunque sabedor su padre Alfonso IV de Portugal de lo que se tramaba le hizo desistir de ello, siendo acaso parte en su resolución última su hermana María, madre de Pedro I de Castilla, que fue a reunirse con Pedro en Toro.

Nuevo matrimonio

Incluso el papa Inocencio VI fue informado en Aviñón de las desdichas de la reina consorte Blanca de Borbón, hermana gemela de la reina consorte de Francia Juana de Borbón, venida de su padre Pedro sin la dote monetaria pactada por los negociadores castellanos de tal boda. Se consiguió entonces que el rey pasase en Valladolid dos días más al lado de Blanca. Pero se dice que no hizo caso a tales quejas pues ya tenía tratos de casamiento con Juana de Castro, mujer viuda de noble prosapia, a pesar de que vivían tanto su esposa Blanca, como amante María.

Parece que Juana de Castro se resistía a estos proyectos de nuevo matrimonio porque la viuda creía válido el anterior de Pedro con Blanca. La pasión acalló de continuo toda prudencia en el rey, quien no sólo ofreció varios lugares y castillos en prenda de que celebraría el matrimonio, sino también quiso probar que no era válido el matrimonio de Valladolid. Parece que dos obispos, el de Salamanca, Juan Lucero, y el de Ávila -no Juan como dicen algunos autores, sino quizá Sancho Blázquez Dávila- estuvieron dispuestos a analizar o reparar lo sucedido. A Pedro y Juana los casó el obispo de Salamanca en Cuéllar y Juana de Castro tomó el título de reina, aunque los cronistas posteriores aseguran que al día siguiente el rey la abandonó para irse alterado a Castrojeriz por las nuevas que le trajo uno de los suyos.

Se sabe que tuvo con ella descendencia castigadísima por la nueva dinastía de los Trastámara. Juan de Castilla y de Castro murió prisionero en 1405 cuando regresaba de Inglaterra como rehén. El hijo de éste, Pedro de Castilla y de Eril, arcediano de Alarcón, Obispo de Osma y de Palencia, tendría cuatro hijos con una inglesa del séquito de la reina consorte Catalina de Láncaster, supuestamente nieta ilegítima de Pedro I, así como otros cuatro hijos con una mujer de Salamanca, todos bien estudiados y registrados. También tuvo otro hijo varón, Alfonso, con María de Padilla, nacido en el otoño de 1359, que sería confiado al nuevo Maestre de Santiago Garci Álvarez de Toledo que es muy difícil de rastrear en la mayoría de los estudios actuales. Además tuvo más con María de Hinestrosa, esposa de un miembro de la poderosa familia Carrillo, con una hermana del canciller Pero López de Ayala y dos más con la burgalesa Isabel de Sandoval.

El Papa comisionó a Beltrán, obispo de Sena o Cesena (los documentos se refieren a él como episcopus senecensis) para que formase proceso canónico contra los obispos de Salamanca y Ávila, y conminase al rey con graves penas para que abandonase a Juana y se uniese a su esposa. De no hacerlo le daba plena autoridad para proceder, no sólo contra el monarca, sino contra sus ayudas y cómplices, siquiera fuesen arzobispos, obispos, cabildos, monasterios, duques, condes, vasallos, castillos y lugares. El Papa escribió también al monarca reprochándole con duras frases sus delitos contra la pública honestidad y el olvido de los deberes de su rango supremo, esperando que al fin volviera a vida mejor y al cariño de su consorte.

María de Padilla

Los encuentros entre el rey y María de Padilla cesaron tanto por la condenación papal como por los nuevos amoríos entre don Pedro y Juana de Castro. María se dirigió entonces al Papa, solicitando licencia para fundar un monasterio de monjas clarisas en la diócesis de Palencia, de donde era originaria, o en otra parte. El rey favoreció las pretensiones de María, como resulta de los documentos pontificios que vinieron de Aviñón, y aun cuando, según se dio a entender al Papa, el propósito de María era hacer en el monasterio vida penitente. Así, se fundó el monasterio en Astudillo no mucho después, pero no entró en él María, sino que volvió a convertirse en amante del rey.

Fernando de Castro, un hermano de Juana, deseoso de venganza, acaudilló una nueva rebelión. Creció en tanto el partido de doña Blanca, que llegó a contar con la ayuda de los hermanastros del rey, Alburquerque, los infantes de Aragón, Fernando y Juan, de Leonor, viuda de Alfonso IV de Aragón, de María de Portugal, la madre del rey, de la poderosa familia Castro y muchos nobles, todos los cuales exigían con las armas que Pedro hiciera vida conyugal con doña Blanca.

Aunque esto era el pretexto, lo que en verdad reclamaban era recuperar su influencia perdida en la corte. Como jefe de la liga figuraba Alburquerque, que falleció en octubre de 1354, con sospechas de haber sido envenenado por orden del rey. Los demás confederados no cejaron en sus planes.

Falsos acuerdos en Tejadillo

En Tejadillo, entre Toro y Morales, conferenció Pedro con los nobles de la liga, mas no se llegó a un acuerdo. Toro, villa de la reina madre, se convirtió en el cuartel general de los confederados. Juzgó prudente el monarca, de veinte años, trasladarse a dicha plaza, en la que se le trató con respeto; pero como no le permitían hablar libremente con las personas que le visitaban, se consideró preso. Cedió en apariencia a cuantas demandas le hicieron; ganó en secreto a los infantes de Aragón con magníficas promesas y cesiones de tierra; practicó lo mismo con otros caballeros; atrajo a Tello ofreciéndole el señorío de Vizcaya, y así, en diciembre de 1354, pudo huir a Segovia. Se dirigió después a Burgos, donde reunió Cortes que le concedieron subsidios para someter a los rebeldes. En Medina del Campo mandó matar el rey a Pedro Ruiz de Villegas, a Sancho Ruiz de Rojas y a un escudero de aquel, a todos los cuales poco antes había otorgado mercedes en Toro. Acometió a esta ciudad, pero suspendió sus ataques para someter a Toledo, que debido al paso de Blanca por la ciudad se había sublevado a favor de ésta. En Toledo se trabó un combate, de una parte sostenido por los judíos y partidarios del rey, y de la otra por los soldados de la liga y los toledanos, que estaban por la resistencia.

El 8 de mayo de 1355 entraron en la ciudad de Toledo las primeras tropas reales. El monarca, que las seguía, hizo que a los pocos días fueran decapitados dos caballeros y 22 vecinos de la ciudad. Después de mandar a Blanca de Borbón a Sigüenza, marchó contra Toro con su hueste; corrió la comarca apoderándose de algunas villas; y despreció las intimidaciones de un legado pontificio que le imponía a vivir en paz con Blanca y con los señores. El infante Juan de Aragón entraría con sus tropas hasta Ochandiano, cerca de Durango (Vizcaya) pero los enfrentamientos contra Tello de Castilla y Juan de Abendaño no fueron buenos por los bajos ramajes de los bosques circundantes, impedimento para la caballería castellana. Finalmente entró en Toro en 1356, donde quitó la vida a algunos de sus enemigos.

Guerra con Aragón

Artículo principal: Guerra de los Dos Pedros

Pasado algún tiempo surgió la guerra con Aragón. La causa fue que nueve galeras catalanas, armadas por mosén Francisco de Perellós, con licencia del aragonés Pedro IV el Ceremonioso para ir en auxilio de Francia contra Inglaterra, arribaron a Sanlúcar de Barrameda en busca de víveres y apresaron en aquellas aguas a dos barcos de la República de Génova, que entonces se encontraba en guerra con Aragón. Pedro I, que se hallaba en dicho puerto, requirió a Perellós para que abandonase su presa; y como el aragonés no lo hizo, el rey castellano se quejó a Pedro IV, quien regateó las satisfacciones.

Palacio de Pedro I en el Alcázar de Sevilla (vista desde el Patio de la Montería).

El rey de Castilla, previa declaración de guerra, rompió las hostilidades, que hasta principios de 1357 se limitaron a escaramuzas. Antes se había embarcado en Sevilla y perseguido con algunas galeras a Perellós hasta Tavira, pero no pudo darle alcance. Según una memoria de la época, fue el primer rey de Castilla que se embarcó para hacer la guerra por mar.[cita requerida] En la lucha entre los dos reinos cristianos, Enrique, con otros castellanos favoreció a Pedro IV, y el infante don Fernando, hermano del rey de Aragón, ayudó a Pedro I. Entre los dos monarcas mediaron cartas de desafío, el cual no llegó a verificarse por exigir el aragonés que Pedro I acudiera al campo de Nules, mientras el castellano le emplazaba ante los muros de Valencia, ciudad que tenía sitiada Pedro I y a cuyo socorro parecía natural que acudiese el soberano de Aragón.

En 1357, Pedro entró en tierras de Aragón y se apoderó del Castillo de Bijuesca y de Tarazona el 9 de marzo. En aquel tiempo hizo ejecutar a Juan Alfonso de La Cerda, cuñado del anteriormente decapitado señor de Aguilar de la Frontera, Fernández Coronel. Por las instancias de un cardenal legado, el 8 de mayo se firmó entre ambos reyes una tregua de un año. Pedro I regresó a Sevilla; una vez más desoyó los consejos del Papa, que en un breve le recomendaba el respeto a su esposa legítima; preparó las fuerzas que debían continuar la lucha contra Aragón; para proporcionarse recursos profanó los sepulcros de Alfonso X el Sabio y de la reina Beatriz de Suabia, despojándolos de las joyas de sus coronas; tuvo amores con Aldonza Coronel y en vano trató de seducir a una hermana de ésta llamada María, viuda del ejecutado De la Cerda.

Según una leyenda muy popular en Sevilla, donde tiene una céntrica calle dedicada, María Coronel se retiró al convento sevillano de Santa Clara para huir de las apetencias del rey. En cierta ocasión, viéndose asediada por éste hizo uso de su "valerosa pudicia, y viendo no poderse evadir de su llevada al Rey, abrasó con aceite hirviendo mucha parte de su cuerpo, para que las llagas le hiciesen horrible, y acreditasen la leprosa, con que escapó su castidad a costa de prolijo y penoso martirio, que le dio que padecer todo el resto de su vida". Después de esto, María Coronel fundó el convento de Santa Inés en Sevilla y se convirtió en su primera abadesa. Su tumba se encuentra en medio del coro de dicho convento y su cuerpo incorrupto puede contemplarse en una urna de cristal todos los días 2 de diciembre, fecha del aniversario de su muerte. Se afirma incluso que aún se pueden apreciar en su cuerpo los restos de su acción.

Sangrienta venganza

En 1358 quitó la vida a su hermano Fadrique y poco después al infante don Juan de Aragón, hijo de Alfonso IV de Aragón. Prendió a la madre de este último, doña Leonor, a la esposa del mismo, Isabel de Lara, y confiscó los bienes de una y otra. En Burgos recibió las cabezas de seis caballeros a los que había condenado a muerte antes de salir de Sevilla.

En 1358 supo que su hermano había penetrado en la provincia de Soria en son de guerra y que el infante Fernando, marqués de Tortosa, había invadido el Reino de Murcia e intentaba apoderarse de Cartagena. Resistió a todos sus enemigos; se presentó con 18 velas en las costas de Valencia y aunque una tempestad le quitó 16, le bastaron ocho meses para construir 12 nuevas, reparar 15 y llenar de armas y municiones de todas clases los almacenes, a la vez que obtenía 10 galeras del rey de Portugal y tres del emir de Granada. Renovadas por un legado de papa Inocencio VI las negociaciones para la paz entre Castilla y Aragón en 1359, no pudo llegarse a un acuerdo.

Pedro I, para vengarse del infante don Fernando, quitó la vida a su madre, la reina viuda doña Leonor, y por odio a Tello hizo matar en Sevilla a la esposa de éste, Juana de Lara; poco después mandó a envenenar a Isabel de Lara, viuda del infante aragonés don Juan. De Sevilla partió en abril una escuadra de 40 galeras, 80 naos, tres galeones y cuatro leños. Llegó sin encontrar enemigos hasta el puerto de Barcelona y, no pudiendo tomarlo después de dos ataques, se trasladó a Ibiza; pero la noticia de que el aragonés se acercaba con 40 galeras le hizo desistir de la nueva conquista y se volvió a Almería.

Ya en la península, se opuso a que las Órdenes de caballería pagasen al Papa el diezmo. Supo luego que sus tropas habían sido derrotadas en Araviana. Irritado, mandó dar muerte a sus hermanastros bastardos, Juan y Pedro, de diecinueve y catorce años respectivamente, quitando así competidores a su hijo Alfonso. En el mismo año (1359) tuvo por manceba a María de Hinestrosa, hija de Juan Fernández de Hinestrosa, casada con Garcilaso Carrillo, que entonces se pasó al partido de Enrique. Doña María de Hinestrosa era prima de María de Padilla y dio a su amante un hijo, Fernando, señor de Niebla, que no tuvo descendencia.

En 1360, viendo Enrique aumentado su partido, no dudó del buen éxito de una invasión en Castilla. Penetró en ella y al poco tiempo se apoderó de Nájera. Creciendo la furia de Pedro I, hizo asesinar a Pedro Álvarez de Osorio, a dos jóvenes hijos de Fernán Sánchez de Valladolid y al arcediano de Salamanca Diego Arias Maldonado.

Manuscrito del siglo XV en el cual se ilustra la Batalla de Nájera.

Con un ejército que por lo menos contaba con 10.000 infantes y 5.000 jinetes marchó en busca de su hermano, a quien halló cerca de Nájera. Cuenta el cronista Pero López de Ayala que allí se le presentó un sacerdote de Santo Domingo de la Calzada diciéndole que el patrón de su pueblo le había mandado anunciarle que, si no se guardaba, su hermano Enrique había de matarle por sus propias manos. El rey mandó quemar al clérigo delante de sus tiendas. En el mismo día de finales de abril atacó y venció a Enrique junto a los muros de Nájera; los vencidos se encerraron en dicha ciudad y el monarca, lejos de acometerlos, regresó a Sevilla, donde se hallaba a mediados de agosto.

En Sevilla mató al capitán valenciano y a las tripulaciones de cuatro galeras aragonesas, apresadas por naves de Castilla. Por entonces firmó con el rey de Portugal un pacto para la mutua entrega de las personas refugiadas en sus reinos. Así pudo el rey castellano vengarse de los señores que le fueron entregados, uno de ellos Pedro Núñez de Guzmán -padre de Leonor Núñez de Guzmán, amante de su padre Alfonso XI de Castilla al que dio diez hijos, y a quien también había asesinado de forma salvaje en 1351, que sufrió cruel muerte en Sevilla.

Igualmente por orden de Pedro I perecieron en aquellos días Gutierre Fernández de Toledo, Gómez Carrillo (hermano de Garcilaso Carrillo) y Samuel Leví, siendo además desterrado a Portugal el arzobispo de Toledo, hermano de Gutierre Fernández.

Supuesta paz con Aragón

Renovando las hostilidades contra Aragón, en 1361 Pedro I ganó las fortalezas de Verdejo, Torrijos, Alhama y otras; pero temiendo un ataque de los granadinos, accedió a las súplicas del cardenal de Bolonia y ajustó la paz con Pedro IV de Aragón el 18 de mayo, obligándose ambos reyes a restituirse los castillos y lugares conquistados.

En aquel año fallecieron Blanca de Borbón, según algunos envenenada por su esposo, y María de Padilla, madre de tres hijas y un hijo (Alonso, muerto en 1362), ambas de unos 25 años de edad. En el mismo tiempo intervino el rey de Castilla en los asuntos de Granada hasta dar muerte a Mohammed Abú Said en 1362 en Sevilla. En esta ciudad reunió Cortes generales en abril del mismo año, que reconocieron como herederos de la corona a los hijos del rey y de María de Padilla. En junio celebró en Soria una entrevista con el rey Carlos II de Navarra, prometiéndose los dos mutua ayuda en cuantas guerras emprendiesen, y ajustó otra alianza con Eduardo III de Inglaterra y su hijo, el Príncipe Negro.

Preparado de esta manera, invadió el territorio aragonés sin previa declaración de guerra, cuando Pedro IV se hallaba en Perpiñán sin tropas, y en pocos días ganó los castillos de Ariza, Ateca, Terrer, Moros, Cetina y Alhama; pero no pudo tomar Calatayud, aunque la combatió con toda clase de máquinas. Sin llevar más adelante las conquistas, volvió a Sevilla. Al año siguiente (1363), prosiguiendo la guerra con Aragón, haciendo suyos los lugares de Fuentes, Arándiga y otros; ganó por sorpresa Tarazona y entró en Magallón y en Borja. También recibió refuerzos de Portugal y Navarra. A su vez Pedro IV celebró un tratado con Francia y otro secreto con Enrique de Trastámara estipulando que el aragonés le ayudaría con todas sus fuerzas a conquistar el reino de Castilla, cediéndole Enrique en premio la sexta parte de lo que ganasen.

Mientras, Pedro I tomó las plazas de Cariñena, Teruel, Segorbe y Murviedro, más los castillos de Almenara, Chiva, Buñol y otros. En todas partes castigaba cruelmente a los vencidos y dejaba guarniciones, con lo que disminuyó sus fuerzas. Llegó hasta los muros de Valencia donde sostuvo muchos combates con sus moradores. El nuncio apostólico Juan de la Grange logró al cabo que se ajustase la paz entre los reyes cristianos el 2 de julio de 1363. Se dice que una de las condiciones secretas fue la de que Pedro IV daría muerte a Enrique y al infante don Fernando, que en efecto fue asesinado poco después. El convenio, sin embargo, no llegó a ratificarse y se renovaron las hostilidades en la frontera de Aragón.

Pedro I, que tenía una nueva favorita llamada Isabel de Sandoval, penetró en 1364 por el Reino de Valencia, sembrando el terror y apoderándose de Alicante, Elda, Gandía y otros castillos. Llegó hasta la Huerta de Valencia y estuvo a punto de ser sorprendido en El Grao. Entonces mediaron entre los dos reyes los carteles de desafío antedichos. El castellano se embarcó para perseguir a las naves aragonesas, más una violenta tempestad le puso en trance de muerte, por lo que regresó a Murviedro y luego a Sevilla, donde le esperaba la citada Isabel, que había dado a luz a un hijo llamado Sancho. Su otro hermano uterino Diego, apresado en Carmona en 1370 y encerrado en la fortaleza prisión del castillo de Curiel, sería liberado en 1434 por la insistente piedad del condestable Álvaro de Luna, que casó a una hija de éste prisionero, María de Castilla y Salazar con un Gómez Carrillo, primo de éste.

El hermano Pedro estaría además muchos años también en el Castillo - prisión de Alaejos, casando con Beatriz de Fonseca de la dinastía Arzobispal, pasada de padres a hijos Arzobispos de Santiago de Compostela al estilo de la Dinastía Arzobispal de los Aragón reales de Zaragoza y en fechas parecidas.

Retorno de Enrique

Enrique, luego Enrique II, hermanastro de Pedro, formó en Francia un ejército de mercenarios, las llamadas Compañías blancas por el color de sus banderas; contando además con el auxilio de Aragón, pasó con sus tropas desde este reino a Castilla en marzo de 1366. En Calahorra, que ni siquiera pensó en resistirse, fue proclamado por los suyos rey de Castilla y de León, ganando bien pronto las plazas de Navarrete y Briviesca. Pedro I recibió estas noticias en Burgos y apresuradamente marchó a Sevilla. En aquel tiempo hizo dar muerte a Juan Fernández de Tobar hermano del gobernador que había entregado Calahorra. Al cabo de veinticinco días todo el reino se hallaba bajo la obediencia de Enrique, excepto Galicia, Sevilla y algunas otras ciudades y villas del Reino de León que era un baluarte petrista. Pedro I huyó a Portugal, de allí a Galicia, y embarcándose en La Coruña se trasladó a la ciudad francesa de Bayona, no sin antes ordenar el 29 de junio la muerte de don Suero García, arzobispo de Santiago. Sevilla se rindió a Enrique.

Alianza con el Príncipe Negro

En Bayona el rey Pedro obtuvo el auxilio del Príncipe Negro, comprometiéndose a pagar los gastos de la campaña. Por las cláusulas secretas del Pacto de Libourne parece que Guipúzcoa sería para Navarra y Vizcaya para Inglaterra.

Sin que el navarro pusiera obstáculo, Pedro y su aliado con un ejército pasaron por Roncesvalles y entraron en Castilla en 1367. El 3 de abril ganaron la batalla de Nájera, en la que cayó prisionero Beltrán Duguesclín, caballero francés que acompañaba a Enrique; y éste hubo de refugiarse en Aragón. En el mismo campo de batalla mató Pedro al desarmado caballero Íñigo López de Orozco, y en Toledo, Córdoba y Sevilla, creyéndose seguro en el trono que había recobrado, quitó la vida a los que juzgaba enemigos. El Príncipe Negro, viendo que el rey no cumplía sus promesas de pagos, salió de la Península Ibérica en agosto. Al saberlo Enrique, que se hallaba en Francia, pasó con un ejército por Aragón; entró en Castilla; llegó a Calahorra; fue bien recibido en Burgos; ganó para su partido Córdoba, Castilla la Vieja y la comarca de Toledo, y vio transcurrir el resto del año y el siguiente de 1368 dueño de la mitad del reino, pero sin decidir la contienda. Pedro, a quien el rey de Granada envió 7.000 jinetes y mucha infantería, se defendió en Andalucía; pero a principios de 1369 resolvió ir en auxilio de la ciudad de Toledo. Hizo dar muerte en Sevilla a Diego García de Padilla y emprendió la marcha.

Muerte del rey

Decapitación de Pedro I (manuscrito del siglo XIV).
Estatua orante de alabastro de Pedro I, del desaparecido convento de Santo Domingo el Real (Madrid).

En el camino halló a su hermanastro, a quien acompañaba Duguesclín y trabaron combate cerca del castillo de Montiel. Sus tropas, que incluían moros y judíos, fueron derrotadas. Tras la batalla, el 14 de marzo se encerró en dicha fortaleza y sitiado en ella por su hermano, entró en tratos con Duguesclín para lograr la fuga. El francés lo condujo a una tienda en la que se hallaron frente a frente Pedro y Enrique. Corrió el uno contra el otro y abrazados cayeron al suelo, quedando encima Pedro; pero Duguesclín, pronunciando las célebres palabras "ni quito ni pongo rey, pero ayudo a mi señor", cogió del pie a Pedro y le puso debajo. Las miniaturas preparadas antes de finalizar el siglo XIV para la reina gemela consorte de Francia Juana de Borbón, hermana de la desdichada Blanca, parecen confirmar que esto ha sido durante siglos una mentira para cubrir el odio cainita entre los hermanastros.[cita requerida]

Se dice que se puso el cuerpo entre dos tablas en las almenas del castillo de Montiel, siendo sepultado el cadáver en esa localidad y luego trasladado a la Puebla de Alcocer y desde allí, en 1446, a la iglesia del monasterio de Santo Domingo el Real, intrusa en el Nuevo Museo de Pintura del Prado de Madrid, por expreso deseo de su nieta Constanza de Castilla y Eril que era la abadesa de dicho monasterio.

Caracterización y descendencia

Según Ayala, Pedro I era blanco, de buen rostro autorizado con cierta majestad, los cabellos rubios, el cuerpo descollado y ceceaba un poco a la manera andaluza. Se veían en él muestras de osadía y consejo. Su cuerpo no se rendía con el trabajo, ni el espíritu con ninguna dificultad. Gustaba principalmente de la cetrería, era muy frugal en el comer y beber, dormía poco, y fue muy trabajador en la guerra. Dicen que en cambio poseyó una desmedida avaricia, que se dejó dominar por la lujuria y que fue cruel y sanguinario.

Dejó tres hijas y un hijo de María de Padilla:

Juana de Castro le dio otro hijo:

  • Juan (1355 - 1405), iniciador de la línea sucesoria del infante don Juan de Castilla; casó con doña Elvira de Eril y de Falces.

María González de Hinestrosa le dio un hijo:

  • Fernando, a quien su padre hizo señor de Niebla, pero que debió de morir en la niñez.

Teresa de Ayala le dio una niña:

  • María; religiosa y abadesa en Santo Domingo el Real, de Toledo.

Isabel de Sandoval, aya del niño Alfonso, le dio dos hijos:

  • Sancho, que murió soltero y sin sucesión, preso en el castillo de Toro.
  • Diego, fundador de la línea de los Guadalajara.

Según parece, dejó el monarca algunos otros hijos naturales, cuyos nombres no han llegado hasta nosotros.

El justiciero o el cruel

El reinado de Pedro fue fructífero para las artes y las letras. Por orden suya se erigieron alarifes moros o mudéjares sobre los restos del alcázar de Sevilla, palacio de los antiguos reyes musulmanes. Existía la creencia de que en el pavimento del alcázar quedó indeleble sobre un mármol de rojizas vetas la sangre de Fadrique.

En Toledo y en otras muchas partes defendieron los judíos decididamente la causa de Pedro. Éste los protegió sin vacilaciones y trabó amistad con varios de ellos. Tal fue el caso del rabino Sem Tob, también llamado don Santos, natural de Carrión, quien escribió un poema titulado Consejos et documentos al rey don Pedro. Los cronistas contemporáneos de Pedro le calificaron de el Cruel; pero en los siglos XVII y XVIII aparecieron defensores, e incluso apologistas, que le apellidaron el Justiciero. Así lo hicieron en el siglo XVII el conde de la Roca, en su obra titulada El rey don Pedro defendido; y en el XVIII José Ledo del Pozo, catedrático de Valladolid.

La tradición popular ha visto en este monarca un rey justiciero, enemigo de los grandes y defensor de los pequeños. El pueblo recelaba de la nobleza, por lo que las venganzas del monarca, que recaían por lo general en aquella clase, a menudo fueron percibidas como legítimos actos de justicia. La poesía, alimentada de las tradiciones populares y del sentimiento nacional, representó pronto al monarca con el típico carácter de justiciero.

Pedro en las artes

Ya en el siglo XVI, Francisco de Castilla, descendiente de Pedro I, escribió en 1517 un poema sobre la vida del monarca. En el teatro, desde El Infanzón de Illescas, de Lope de Vega, hasta El zapatero y el rey, de Zorrilla, y El arcediano de San Gil, de Pedro Marquina, la figura de Pedro aparece como ideal de rey medieval.

Han ilustrado la historia de Pedro I los trabajos de Tubino, Merimée y Burck, al igual que Guichot (1878) en su Ensayo de vindicación del reinado de don Pedro I de Castilla y más recientemente, Las memorias de Pedro el cruel: ¿Rey templario?, ¿Rey Judío? de Julio de Antón, Don Pedro I el Cruel, un rey entre la realidad y el deseo de Jaime Passolas Jáuregui, Pedro I el Cruel: Un monarca contra la nobleza de Manuel Barrios y Pedro I el Cruel y Enrique de Trastámara: ¿La primera guerra civil? de Julio Valdeón Baruque.

En la Biblioteca Nacional de España, en Madrid, se guardan al menos 16 manuscritos que ilustran la vida del monarca.

El ADN de los Castilla y los encuentros "Castillazo"

En el transcurso del año 2000 un equipo de investigadores del Laboratorio de Biología Forense de la Universidad Complutense de Madrid se propuso localizar descendientes de Pedro I de Castilla -muy posiblemente apellidados Castilla- y comparar muestras de su ADN con las de los supuestos infantes aparecidos en la Iglesia de San Benito de Valladolid.

De ese proyecto nació finalmente otro y así, otro grupo de reputados profesionales del Departamento de Zoología y Antropología Física de dicha universidad inició un estudio sobre la población de apellido Castilla. Fruto de estas iniciativas y de los numerosos contactos establecidos por la geografía española nacieron los encuentros llamados Castillazo, en un intento de potenciar las relaciones humanas de los portadores del apellido Castilla. De este modo, y desde el año 2002 los apellidados Castilla -unas 9.000 personas- vienen celebrando estas reuniones anuales de confraternización.

Castillazos celebrados en España:

Castillazos celebrados en Argentina:


Predecesor:
Alfonso XI
Escudo Corona de Castilla.png
Rey de Castilla y de León

1350 - 1366
Sucesor:
Enrique II
Predecesor:
Enrique II
Escudo Corona de Castilla.png
Rey de Castilla y de León

1367 - 1369
Sucesor:
Enrique II

Referencias

Bibliografía

  • Díaz Martín, Luis Vicente: Itinerario de Pedro I de Castilla. Valladolid: Universidad de Valladolid, 1975. ISBN 84-600-1763-X
  • Díaz Martín, Luis Vicente: Pedro I el Cruel (1350-1369). 2ª ed. Gijón: Trea, 2007. ISBN 978-84-9704-274-3
  • González Jiménez, M. y García Fernández, M. (ed. lit.): Pedro I y Sevilla. Sevilla: Ayuntamiento de Sevilla, Icas, 2006. ISBN 84-96098-77-X
  • Guichot, Joaquin: Don Pedro I de Castilla. Ensayo de vindicación crítico-histórica de su reinado. Sevilla, 1878.
  • López de Ayala, Pedro: Crónicas. Barcelona: Editorial Planeta, 1991. ISBN 84-320-6965-5
  • Mérimée, Prosper: Histoire de don Pèdre Ier, roi de Castille. París: Elibron Classics, 2006. ISBN 1-4212-3964-7
  • Montoto, José María: Historia de don Pedro I de Castilla. Sevilla: Editorial Ibérica, 1845.
  • Ortíz de Zúñiga, D: Anales Eclesiásticos y Seculares de la muy noble y muy leal ciudad de Sevilla. Reproducción facsímil. Guadalquivir. Sevilla, 1988. vol. 2. pp. 146-147.
  • Rocasolano, Javier: Historia del Reino de Castilla. Barcelona: Editorial Hesperión, 1966.
  • Sevilla, Santiago: El Rey Don Pedro el Cruel Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes, 1996.
  • Tubino, Francisco M.: Pedro de Castilla: la leyenda de doña María Coronel y la muerte de don Fabrique. Madrid: [s.n.], 1897 (Sevilla: Imp. de "La Andalucía")
  • Valdeón Baruque, Julio: Pedro I, el Cruel y Enrique de Trastámara. Madrid: Aguilar, 2002. ISBN 84-03-09331-4
  • Velázquez y Sánchez, José: Apuntes sobre el carácter y conducta del rey D. Pedro. En Revista de ciencia, literatura y artes. Sevilla. T.6 (1860), pp. 140-152.

Véase también

Enlaces externos

Commons

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