Ebanistería

Ebanistería

Ebanistería

Obra de ebanistería de Gaspar Homar.

La ebanistería es una especialización de la carpintería orientada a la construcción de muebles. El término procede de un tipo de madera, el ébano, considerada preciosa desde la antigüedad, procedente de un árbol angiospermo dicotiledóneo de origen africano (Diospyros ebenum), que da una madera dura y pesada, negra en el centro y blanca en la corteza.

La ebanistería se distingue de la carpintería en que produce muebles más elaborados, generando nuevas técnicas y complementándolas con otras para la manufactura de algunas piezas, tales como la marquetería, la talla, el torneado y la taracea, entre otras técnicas. Aún sin ser característica propia el uso de algún material específico, la ebanistería busca desarrollar muebles de mejor calidad y diseño. Este es el oficio que acompaña el proceso de diseño del mobiliario, ya sea comercial o doméstico.

El arte del ebanista, como el del carpintero, exige una gran práctica en los talleres para la parte ejecutiva, y algunos conocimientos de geometría para el trazado. El ebanista ha de inventar formas con arreglo a los caprichos de la moda y saber hacer los cortes necesarios para llegar a ellas.

Contenido

Técnica

Las maderas que emplea el ebanista son las llamadas finas o preciosas, exóticas e indígenas por punto general. Pero, por razones de economía, también se suelen hacer los muebles con maderas ordinarias chapeadas de las maderas antes indicadas. En el primer caso, se dice que los muebles son macizos y, en el segundo, chapeados. Las maderas indígenas deben buscarse ligeras, que sean fáciles de trabajar con el cepillo, capaces de recibir el regular pulimento y de resistir sin deformarse las influencias atmosféricas, encontrándose en estas condiciones:

Las herramientas que emplea el ebanista son las mismas de que hace uso el carpintero, pero más finas, ya porque así lo exige el grano de la madera, ya porque no debe perder de ésta sino la menor cantidad posible. Además, utiliza cuchillas de alisar, piedra pómez, esmeril y papel de lija.

El ebanista debe saber chapear, barnizar, embutir y teñir las maderas, así como utilizar las vetaduras y lobanillos de aquéllas por el bello aspecto que ofrecen, y hasta debe conocer algo de las artes del tornero y del tallista. Las sierras del ebanista son de dientes finos. Los cepillos, de boca estrecha, y cuando se tiene gran interés en que no se levante astilla alguna, los hierros de cepillar o corroer deben estar estriados en sentido de la longitud del hierro, con lo que su canto se halla erizado de una dentadura sumamente fina y de dientes triangulares cuya punta rae sin levantar astillas.

Historia

Boudoir de la reina María Antonieta en Fontainebleau, de Jean-Henri Riesener (1786).

La ebanistería tuvo sus inicios en el trabajo con madera de ébano –de ahí su nombre–, que antiguamente era muy rara y costosa, proveniente sobre todo de Córcega y del norte de África. Por ello, la confección de muebles con esta madera se convirtió en un oficio de calidad artesanal, donde junto a la técnica se valoraba la habilidad del ebanista, así como la artisticidad de la decoración elaborada en ellos. A partir del siglo XVII, el ébano comenzó a ser sustituido por maderas teñidas. Desde entonces se entiende la ebanistería como la confección de muebles con maderas valiosas, que pueden estar recubiertas de diversos elementos como paneles lacados, planchas de cerámica, apliques metálicos o piedras preciosas.

Los ejemplos más antiguos se encuentran en la antigua Mesopotamia, con muebles de ébano y marfil para uso de la realeza, datados en torno a los siglos VIII y VII a.C. En el antiguo Egipto hallamos ejemplos como los muebles de cedro con taraceas de ébano y marfil de las tumbas de Ju’e y Tu’e (Museo Egipcio de El Cairo). En la tumba de Tutankhamon se hallaron diversos muebles de uso personal del faraón, de gran calidad artística. En Grecia se realizaban muebles con ébano, marfil, plata y oro, como se describe en la fabricación de la cama de Ulises en La Odisea (1. XXIII). Igualmente ocurrió durante la época romana y la Edad Media, aunque no nos han llegado muchos ejemplos de relevancia.

Un primer momento de esplendor de la ebanistería se produjo durante el Renacimiento: en Florencia, los trabajos de ebanistería eran llamados “fuera de norma”, porque por su calidad, tanto en materiales como en la técnica y habilidad del artesano, se salían del oficio gremial y reglamentado del carpintero. Considerados como muebles de lujo, sólo estaban al alcance de hombres ricos y poderosos, sirviendo para decorar sus grandes palacios. En el siglo XVI, la ebanistería incorporaba materiales preciosos como el marfil y la madreperla, apliques en hueso, pinturas al temple con motivos heráldicos o alegóricos, relieves con panes dorados y plateados, etc. Buen ejemplo de ello eran los studioli, las estancias que los grandes magnates renacentistas de vocación humanista dedicaban al estudio y al coleccionismo, como el del duque Federico de Urbino, con paredes revestidas de grandes estanterías con trabajos de taracea, realizado hacia 1450 por Baccio Pontelli según un boceto de Botticelli. Cabe remarcar que en esta época se introdujo el uso de bocetos para el diseño del mueble, claro ejemplo del carácter a la vez intelectual y artístico de este trabajo, destacando especialmente los diseños de Francesco Salviati.[1]

En el siglo XVII apareció el mueble placado o chapeado: sobre una estructura de madera blanda (abeto, chopo, álamo), se colocaban finas láminas de maderas preciosas. Buen ejemplo es el mobiliario del Palacio Pitti de Florencia, con incrustaciones de piedras y mármoles policromos. A finales de siglo, se desarrolló en los Países Bajos la técnica del revestimiento, finas planchas de madera empelechada que forman una taracea decorativa, llamada marquetería. Esta técnica se difundió gracias al aumento del comercio transoceánico, que permitió la llegada de maderas exóticas, como el amaranto, la caoba, el sicomoro, etc.

La edad de oro de la ebanistería se produjo en la Francia de los Luises –de Luis XIV a Luis XVI–, donde se alcanzaron altos niveles de calidad y refinamiento, sobre todo gracias a la obra de André-Charles Boulle, creador de una nueva técnica de aplicación de metales (cobre, estaño) sobre materiales orgánicos (carey, madreperla, marfil) o viceversa. Entre las obras de Boulle destacan las dos cómodas del Trianón, en Versalles, y el reloj de péndulo con el Carro de Apolo en Fontainebleau. La ebanistería francesa valoraba la calidad y el lujo, pero también la comodidad y el confort, sentando las bases de la ebanistería moderna. Las tipologías de muebles más corrientes en esta época eran el boudoir (un tipo de salón), el bureau (escritorio), la cómoda, el secrétaire de señora (mesa con cajones), el chiffonière (mesilla de noche), el cartonnier, diferentes tipos de sillas y sillones como los canapés, los bergères, la chaise-longue, etc. Como nombres, cabe citar, además de Boulle, a Charles Cressent, Antoine Gaudreaux, Pierre Migeon, Jean-François Oeben, etc.[2]

En el siglo XVIII se introdujeron las aplicaciones de bronce dorado al mercurio en la decoración de marquetería. Es de remarcar que en esta época, en Francia, los ebanistas empezaron a dejar en el mueble una marca personal, una firma que era a la vez un sello de garantía y una forma de reconocer su valía como verdaderos artistas. Igualmente, en esa época aparecieron numerosos tratados que abordaban la ebanistería tanto en su aspecto técnico como teórico y de diseño, como el de André-Jacob Roubo, L'art du menuisier en meubles (París, 1774). En el Reino Unido surgieron asimismo los primeros catálogos de muebles, forma de incentivar el comercio pero también testimonio del carácter de producto de lujo que tenía la ebanistería, como en la obra de Thomas Chippendale, George Hepplewhite y Thomas Sheraton. La moda entonces eran los muebles recubiertos de placas de laca o barniz, o con láminas de porcelana, bizcocho o mayólica.[3]

Desde finales del siglo XVIII y durante el XIX se empezó a valorar más el aspecto funcional de los muebles, introduciendo diferentes innovaciones mecánicas como los muebles transformables: buenos ejemplos son las mesas denominadas Arlequín, de A. Roentgen, y las escribanías con cilindro de Jean-Henri Riesener. Durante el neoclasicismo y el llamado “estilo Imperio” se volvió a un tipo de mueble más sobrio, con preponderancia de lo constructivo sobre lo decorativo, volviendo a los planos y líneas rectas y a las formas cilíndricas. La tendencia fue hacia estructuras macizas, con superficies lisas y aplicaciones de bronce. Esta corriente influyó en el estilo Biedermeier alemán, en el isabelino español y en el victoriano inglés. A mediados del siglo XIX tuvo especial relevancia el movimiento inglés Arts & Crafts (Artes y Oficios), promovido por John Ruskin y William Morris, que defendía una revalorización del trabajo artesanal y propugnaba el retorno a las formas tradicionales de fabricación, estipulando que el arte debe ser tan útil como bello. En 1857, Morris amuebló su propia casa, en un estilo austero, primitivista, remarcando el carácter práctico y sencillo de las obras. En la órbita de Morris trabajó Arthur Hygate Mackmurdo, fundador del taller Century Guild de decoración de interiores, donde elaboró muebles que destacaron por las líneas y ángulos rectos, como su famosa silla de 1881.[4]

Confesionario para la Sagrada Familia, de Antoni Gaudí.

A finales del siglo XIX, la llegada del modernismo supuso una gran revolución tanto en la ebanistería como en todas las artes aplicadas e industriales, destacando el diseño como factor dinamizador de un concepto más abierto de la relación entre los diversos elementos decorativos y su espacio circundante: así, los modernistas diseñaban de forma conjunta tanto el espacio arquitectónico como todo su continente, en el que la ebanistería tuvo un papel relevante en el diseño de interiores. Un claro exponente fue el arquitecto Antoni Gaudí, que diseñó muchos de los muebles para sus obras, tanto civiles como religiosas: así, desde el diseño de un pupitre para su propio despacho al comienzo de su carrera, pasando por el mobiliario diseñado para el Palacio de Sobrellano de Comillas, realizó todo el mobiliario de las casas Vicens, Calvet, Batlló y Milà, del Palacio Güell y de la Torre Bellesguard, para desembocar en el mobiliario litúrgico de la Sagrada Familia. Es de remarcar que Gaudí efectuó estudios de ergonomía para adaptar su mobiliario a la anatomía humana de la forma más óptima posible. Buena parte del mobiliario que diseñó se expone actualmente en la Casa-Museo Gaudí del Parque Güell.[5]

Uno de los factores que propiciaron la rápida difusión del diseño modernista fue el gran aumento de los medios de comunicación en el siglo XIX, junto a la celebración de eventos especiales como las exposiciones universales. Estos factores, unidos al incremento de un número cada vez mayor de público capaz de adquirir obras de arte y artesanía, propició un ambiente cada vez más dinámico e interrelacionado que comportó un aspecto de democratización del gusto, propiciando las corrientes de moda que tanta importancia tendrán en el siglo XX. Entre los ebanistas modernistas destacaron Georges de Feure, Émile Gallé –autor de muebles de estilo neo-rococó–, Gaspar Homar, Joan Busquets, etc.[6]

En el siglo XX destacó como estilo que apostó por el diseño y las artes aplicadas el art déco, que se decantó por un tipo de mobiliario de formas cuadradas y geométricas, enmarcado en una producción de lujo destinada a la burguesía de la “belle époque”. Desde entonces, se tiende a un estilo funcional y de sencillo diseño, buscando la comodidad y aprovechando los medios de producción industriales, generalmente con productos prefabricados, por lo que la ebanistería como labor artesanal ha decaído un poco.

Referencias

  1. AA.VV. (1991), p. 303.
  2. Prados (1989), p. 77-80.
  3. AA.VV. (1991), p. 304.
  4. Fernández Polanco (1989), p. 60-62.
  5. «El mobiliario de Gaudí». Consultado el 03-08-2008.
  6. Ramírez Domínguez (1983), p. 702.

Bibliografía

  • El contenido de este artículo incorpora material del Diccionario Enciclopédico Hispano-Americano del año 1898, que se encuentra en el dominio público.
  • AA.VV. (1991). Enciclopedia del Arte Garzanti. Ediciones B, Madrid. ISBN 84-406-2261-9.
  • Azcárate Ristori, José María de; Pérez Sánchez, Alfonso Emilio; Ramírez Domínguez, Juan Antonio (1983). Historia del Arte. Anaya, Madrid. ISBN 84-207-1408-9.
  • Fernández Polanco, Aurora (1989). Fin de siglo: Simbolismo y Art Nouveau. Historia 16, Madrid.
  • Prados, José María (1989). El Rococó en Francia y Alemania. Historia 16, Madrid.
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