George Riverón


George Riverón

George Riverón (Holguín, Cuba, 1972). Poeta, periodista, editor, fotógrafo y realizador audiovisual. Graduado de Licenciatura en Comunicación Audiovisual (Dirección de Cine, Radio y TV) en el Instituto Superior de Arte de La Habana y de Fotografía Profesional en Photo Art Academy y en New York Institute of Photography.

Contenido

Libros Publicados

Tiene publicados los libros de poesía Contra la soledad de la sombra (Ediciones Holguín, 1994 - Premio Nacional Oscar Lucero 1992), El último dios (Ediciones La Luz, 1997 -Primera Mención del Premio Nacional Adelaida del Mármol 1996), Los días del perdón (Accésit en el Premio Encina de la Cañada 1997. Ediciones Encina de la Cañada, Madrid, 1998), Extraños seres de la culpa (Premio de la Ciudad, 1996. Ediciones Holguín, 1999), Escritos invernales (Premio Calendario 2001. Casa Editora abril de 2003) y Señal de vida (Ed. El Salvaje Refinado, Estados Unidos, 2005 – Bluebird Editions, 2008).

Colaboraciones

Durante más de 10 años colaboró con críticas literarias, teatrales y de espectáculos en el diario Ahora, de su ciudad natal. Se desempeñó como periodista y redactor de la revista cultural cubana El Caimán Barbudo (desde el 2000 hasta que se exilió en los Estados Unidos en 2004) y de la que también fue el editor de su versión digital. Desde 1990 hasta el 2004 se desempeñó como Locutor, director, guionista y periodista en las emisoras radiales Radio Angulo, Radio Metropolitana y Radio Ciudad de La Habana. Textos suyos aparecen en diversas antologías, revistas y otras publicaciones en Cuba, España, Francia, México, Brasil, Argentina, Italia, Puerto Rico y Estados Unidos. Reside en la ciudad de Miami.

Lo más reciente

Dirige la revista literaria la zorra y el cuervo y el sello editorial Bluebird Editions. Es profesor de fotografía en Photo Art Academy –Miami campus-.


Sobre su obra

SEÑAL DE VIDA Y MUERTE

Por Germán Guerra │ El Nuevo Herald

Desde la azarosa vida de José María Heredia, y su final patético en el México de 1839, hasta el día que respiramos hoy, la historia de la poesía cubana ha sido marcada por el exilio de sus mejores poetas. Un catálogo que juntara los nombres y la obra de nuestros poetas exiliados, alimentaría la pretensión de lo infinito, y siempre debería mantener sus puertas abiertas para recibir, para dar lumbre y pan a los que nos llegan a diario. Llegar al exilio es caer desnudos y ensangrentados en la condición inhumana de vivir en el limbo, de no pertenecer a ningún lugar, porque siempre estaremos recién llegando y nunca nos acabaremos de ir de los lugares donde mordimos la conciencia de estar vivos. En mi último viaje a Cuba, a finales del año 2000, encontré en las librerías de mi pueblo una antología acabada de publicar por Letras Cubanas. En Cuerpo sobre cuerpo sobre cuerpo: Catálogo de nuevos poetas cubanos, se daban noticias frescas de los poetas nacidos entre 1972 y 1983. De las poéticas que alzaban la voz en aquel libro sobresalían varios nombres llenos de promesas, y uno de ellos era el de George Riverón (Holguín, 1972), especialmente por el poema titulado “los días del perdón”, texto al que siempre regreso a perdonar y perdonarme. Hace dos años Riverón nos alegró con la buena nueva de que ya había levado anclas y estaba latiendo en este lado de la Isla, y ahora nos acaba de regalar una Señal de vida, su primer libro publicado en el exilio. El libro es una suerte de antología personal donde el autor reúne sus mejores poemas publicados en libros anteriores, a los que suma un puñado de textos inéditos, para armar una magnífica carta de presentación donde el golpe del tiempo, los insomnios y la fuerza del talento van decantando a los mejores poetas, los que llegan a sostener las paredes y existencia del viejo catálogo. Irreverente, preciso, decidor de misterios y verdades dolorosas, iconoclasta que se desnuda en público para enseñarnos sus desamores y miserias; el poeta va trazando, al paso de cada verso, un mapa que revela la abrupta cartografía del hombre común. Este es un libro que se convierte en espejo que refleja el rostro descarnado de quien traspase el umbral y se adentre en sus páginas. Las palabras y los temas son los mismos, los de siempre: la soledad, el deseo y la pérdida, los naufragios, los ángeles caídos, el corazón que golpea una piedra para que un hombre siga respirando, el perdón y el llanto de un payaso; al final, trabajamos el mismo barro a la hora de traducir la vida en versos. Pero, lo que hace único este libro de George Riverón es la forma en que arma su discurso, sin rebuscamientos ni estridencias, amparado en un dominio perfecto del lenguaje y desde una sencillez extrema en el uso de su voz. Riverón viene a recordarnos con palabras claras, en un susurro, que nosotros somos también ese viejo ser para la muerte; y luego de escucharlo atentos, de leer y releerlo, nos acoge una mezcla de alivio y desamparo, esa plenitud en soledad que siempre nos martilla en el pecho un poema demoledor. Llega este poeta, con su manojo de versos, para salvar(nos) la eterna batalla donde se parten las lanzas de la legitimidad, donde un amasijo de escribanos defiende su centro de universo sin comprender que ese combate siempre marca el final de la palabra. Las páginas de Señal de vida vienen a demostrarnos que poco importan ya la poesía homoerótica o la negrista, la poesía social, la romántica o la surrealista, si al final lo que nos queda es un poema que nos penetra hondo y nos suelta a las calles, en “los días del perdón”, a predicar la nueva siembra y el nombre de su hacedor en los cuatro rincones de esa biblioteca postrera que es el tiempo. Señal de vida y muerte, es un libro rotundo como los edificios de planta circular, es el aviso de llegada y la confirmación de que en cada poema, en cada verso irrepetible, el hombre que los ha escrito ha dejado un pedazo de su vida y también ha sentido la cercanía de la muerte, esa calma que siempre nos regala la perfección de una página.


UNA VOZ QUE SILBA SU PESADUMBRE Y SE DESHACE

Por Carlos Pintado │ La Zorra y el Cuervo

Hay una frase de Quasimodo que creo necesaria como pórtico para una lectura de Señal de vida, último poemario de George Riverón; la frase-verso del Nobel italiano advierte: “cada uno está solo sobre el corazón de la tierra, traspasado por un rayo de sol: y luego oscurece". Ante esa repentina oscuridad, con el asombro de haberse aferrado a una luz que no le deja sino un regusto de angustia, el poeta comienza a elaborar, en sus textos, todo el paraíso perdido, su paraíso perdido. De ese “calentar las tinieblas” salen estos hermosos versos, trasgresores en su mayoría, que requieren del lector complicidad y cercanía y que Riverón nos va entregando como señales de vida, símbolos de una palabra que lo expulsa y recobra a cada paso. Su discurso, aún cuando se refiere a las mañanas o a las tardes, parte, casi siempre, de un elemento nocturno, desangrándose literalmente en cada poema y en el que desnuda, casi impúdicamente, uno a uno sus fantasmas. No hay aquí el titubeo sibilino para decir las cosas que ama al ser que ama:

"cuando llegue la noche amigo mío abriré los brazos deseosos de abrazarte y entrarás en mí como el mar penetra suavemente entre las rocas yo entraré en ti desnudo y silencioso"

Ni mucho menos la tentación a lo lúdico o al miedo de las cosas que el poeta ansía alcanzar.Aquí el pensamiento, la experiencia, la pérdida, el deseo y el sueño (con sus trampas) vienen a ser las estrategias escogidas por el poeta para esa puesta en escena en la que ha de presentarse de varias formas: fantasma, cadáver, sombra, un discípulo de dios y del demonio. Es notorio en este cuaderno las referencias al cuerpo humano en donde se intuye una liberación del espíritu mediante el deseo; el autor se despide de todo estoicismo y galantería y concibe la culpa como un juego morboso del que siempre saldrá vencedor. Como un eterno adolescente que rechaza los senderos del paraíso para perderse tras la promesa del averno, George Riverón parece no temerle a qué soledades se enfrenta en este camino por las sombras. Ya desde el primer poema Naturaleza Muerta la imagen acude como una búsqueda, una proyección del yo poético para impulsar o expulsar la palabra desde lo terrible agónico, desde el numen originario; pienso en estos versos:

"su cabeza es un oscuro pájaro que se alza hacia las bombillas que arriba se abren en un surco de infinita llama".

De alguna manera imagino para la imprevista noche de los versos de Quasimodo estos elementos con los George arma su descenso al Hades: /Pájaros oscuros/ cabezas volando/ surcos de infinitas llamas/. El lector que se adentre en las páginas del libro sabrá que hay muchas referencias a lo oscuro y a lo luminoso, referencias que muchas veces se contraponen, y que en otras conviven como en un juego de espejos, cuestionándose, respondiéndose, participando juntas de un discurso equilibrado y conciso. En el Ángel uno de sus poemas más bellos y desgarradores, lo "oscuro-luminoso" sirve para crear(nos) esa atmósfera de claroscuros en las que tan bien se siente el autor, (nótese como en este poema, el uso de palabras referenciales: "bombillas / ojos afilados/ luminosidad/ aire/ finas perlas/ pasadizos ciegos/ agua/ lumbre/ brillante/ azogue/ mansedumbre/ amanecer” para terminar con uno de los finales más bellos que yo recuerdo en un poema. Y he aquí otras de sus mañas, conjugar versos reposados, luminosos, con otros en donde el aliento surrealista nos asalta con la brevedad de una instantánea:

"Cuando levanté la mano para decir adiós el país me flotaba dentro"

O en éstos en donde se despoja de toda metáfora salvadora para dejarnos contemplar el espectáculo de su propia sombra, escurriéndose silenciosa, por una vieja plaza:

"Entre las tristes hojas que el otoño arrastra".

O éstas del poema D.W en las que se nos ofrece un tono sentencioso: "El horizonte es una mancha que ciega"

Y en las que enseguida va a inculpar al tiempo, otra de sus obsesiones: "las horas van cayendo sobre mí como quien esparce ceniza ardiendo sobre el pecho”

En algún momento del libro George Riverón vuelve sobre el camino andado, incrimina a un dios que no está en esos días en que el poeta llega a la noche, solitario. Si hoy sabemos que Quevedo, en un poema, figuró la muerte como una sombra ("la postrera sombra"), ósea, la última sombra en la fila de las sombras, la más enigmática, por qué no vamos a sobrecogernos igual cuando, partiendo de un mismo simbolismo, el autor de " SEÑAL DE VIDA" también la advierte como una sombra "ajena y muda". Su dolor existencial acude desacralizado, irreverente. Una y otra vez casca su corazón contra una piedra y sangra. Si antes lo oscuro y lo luminoso coexistían; ahora, ante la fragilidad que supone un corazón el autor opone lo áspero, casi terrible, de una piedra. En el poema En la demorada cicatriz del polvo volverá a advertirnos que su corazón se desangra, y de esta manera, sangre eternamente fluyendo, rojo en fuga, intuyo otra de sus señales de vida. Pienso que toda poesía es palimpsesto, todo infierno no es más que esa historia recordada desde lo imposible, y George, tomando quizás esto como rúbrica, nos conduce por un causalismo poético en donde se transforma varias veces para darnos testimonios de sus glorias y sus pérdidas. En cada poema quedamos como frente al mar de la noche, sabiendo que ningún poema nos va a sacar a flote. La leve gracia del perdón no es aquí sino un artilugio, un sofisma. El poeta condenado nos condena, sus cantos a lo oscuro son pequeños divertimentos: fleurs du mal. En algún lugar leí que Paul Valéry aconsejaba mantener el lenguaje como una acusación. Ignoro si éste es uno de los fines que persigue el poeta de Señal de vida; pero, en algunos de sus mejores poemas parece gravitar una daga oculta, una espada de Damocles, una confesión robada, un secreto al que el poema profana sin balbuceos hasta revelarnos su ansiedad órfica. Si pudiera aconsejar más que una lectura, una forma de lectura, quisiera que el lector advirtiese que hay poemas para ser leídos en voz baja, y otros con la fuerza terrible de un cántico profano, poemas que no pueden ser leídos de otra forma, poemas que buscan una sonoridad multiforme, impidiendo la lectura a distancia, acercándonos a este arte de relojería minuciosa que subyace en cada verso de este libro que el poeta va urdiendo como estructura de viaje. En un memorable ensayo, Borges trata de hacernos ver que de todos los instrumentos del hombre, el más asombroso es, sin dudas, el libro. Los demás son puras extensiones del hombre, afirma. El microscopio es una extensión de la vista; la espada una extensión de la mano; el teléfono, una extensión de la voz, pero el libro es una extensión de la memoria y de la imaginación. Ojalá que estas señales de vida queden en la memoria y la imaginación del lector como prueba de poesía auténtica y reveladora. Yo, entre tanto, un poco confiado ya en ese sitio en donde estamos solos, me acerco al autor para compartir junto a sus logros, estas palabras que aprendí de "Tifón", la espléndida obra de Conrad: "el corazón, el incorregible corazón, que de todos los dones de la tierra anhela la paz, más que la vida misma”.


A MODO DE PRESENTACIÓN: sobre Señal de Vida de George Riverón

Por Reinaldo García Ramos

En los poemas recogidos en este volumen, el escritor cubano George Riverón nos propone un curioso juego de contrastes entre conceptos y lenguaje, entre el ámbito de sus temas y el instrumental al que recurre para expresar esos temas. A estos versos se asoman presencias portentosas del hedonismo esteticista, como Constantino Cavafys y Egon Schiele; estas páginas contienen homenajes a otros defensores notorios de la transgresión dentro de la cultura del siglo XX, como Allen Ginsberg y Robert Mapplethorpe. Sin embargo, el lenguaje que predomina en todo el libro es conciso, ordenado, carente de rebuscamientos; lo que escuchamos es una voz que busca expresarse sin adornos, sin malabarismos, con la inocencia y la candidez intemporal de las canciones populares, y sin temor a usar ciertos tonos esenciales de la tradición romántica, rescatados de clásicos como Keats y de seguidores recientes, entre ellos Emilio Ballagas. Ése es, a mi entender, el principal disfrute que ofrecen estos versos: un recorrido sereno, y con gracia, por ciertas temáticas desafiantes, mediante un instrumental poético inocente, utilizado a conciencia.

A primera vista, el lector demasiado cauto podría sentirse desorientado, incluso un tanto incrédulo. El despojamiento verbal y la austeridad de recursos no están usualmente vinculados a contenidos pasionales ni a exploraciones éticas osadas. Pero poco a poco, con la lentitud de las decantaciones de la alquimia, la determinación con que el poeta va desnudando su dolor termina por estremecernos; la limpieza de su mensaje llega incluso a cautivarnos. Entonces comprendemos que la vulnerabilidad es en él una forma sutil de resistencia, que la sinceridad con que nos revela su temor casi infantil le está brindando protección. Y descubrimos que las reverencias y homenajes a los artistas mencionados son gestos triunfantes, efectuados con fervor instintivo, para aliviar su aislamiento y encontrar refugio en valores externos, pero estables y reconocidos. Es decir, la confesión que lleva a cabo mediante la expresión poética le permite reafirmarse en esas invocaciones y atenuar su propio desamparo.

¿De dónde proviene ese desamparo? La voz que habla en estos poemas no se disfraza: es el pesar que deja el desamor, cuyo carácter homoerótico se describe con naturalidad, y es, unido a ese pesar, el desarraigo visceral del exilio, la pérdida de un país amado. Esas dos formas del amor se entrelazan con simplicidad en ciertos versos de este libro. El autor ha comprobado que las posesiones emotivas que en el pasado le habían servido de marco referencial se han desvanecido, se han alejado definitivamente, y quiere expresarnos su pavor ante ese hecho y al mismo tiempo su alivio. El país de origen es, aclara, un “país que pude dejar atrás con los ojos cerrados”.

No hay valores unívocos en estos versos: ese mismo alivio se impregna por momentos de una dulzura singular, una suave nostalgia, pues en ese territorio abandonado el lector descubre la presencia resplandeciente de la madre del poeta (“mi madre no se cansa de morir / una y otra vez vuelve a levantarse”) y el esplendor de otros hermosos cuerpos que el poeta amó, o de amigos entrañables que lo sostuvieron en momentos de angustia y a los cuales no ha vuelto a ver. Muchos de estos poemas están dedicados a esos amigos, a esos amantes de los que el autor se ha separado. Todos esos seres alimentan el escenario íntimo de esta obra, pues al amarlos el escritor los incorporó, como deidades inconfundibles, a su universo interior.

Sólo en ciertas instancias estos textos se inscriben en un código reconocible a simple vista; en otras, sin abandonar el tono diáfano que lo caracteriza, sin aceptar retóricas, el poeta entra con discreción en reinos intrincados, donde las imágenes componen un sistema de evocaciones que no son fáciles de desentrañar. Eso ocurre en varios poemas en que este autor advierte que sus palabras pueden aparecer confiadamente en otros escenarios y avanzar sin temor hacia otros peligros. Sólo mencionemos, en ese sentido, algunos de los poemas menos dóciles del conjunto, como Una mujer naranja baila con la orquesta de los árboles o Dulcísima María de los sueños, dedicado a Dulce María Loynaz. Para subrayar tal vez esa advertencia, el mismo autor ya nos había anunciado en otro texto que “mi madre ha dejado de morirse / y ahora canta una canción extraña”. Una canción aún más “extraña” será, posiblemente, lo que Riverón podría escribir a partir de ahora.

Sin duda es conveniente que acojamos con curiosidad y regocijo, en el umbral de la poesía cubana del exilio, la voz precisa de este joven que nos conmina a escucharlo de inmediato.


SEÑAL DE VIDA

Por Luis de la Paz │La Revista del Diario

Al terminar de leer Señal de vida (Ediciones El Salvaje Refinado, 2005) del escritor George Riverón, me di cuenta que había doblado la punta de más de una docena de páginas, señal que al menos, en principio, los poemas que encabezan esas hojas se habían destacado para mi gusto. Tomando en cuenta que el libro tiene algo más de treinta poemas, la amplia selección puede indicar que abundan los buenos textos. Riverón no es nuevo en el andar por la poesía y el arte. Ha publicado Contra la soledad de la sombra, Extraños seres de la culpa, Escritos invernales y Los días del perdón, entre otros. También se ha desempeñado exitosamente como periodista, actor, fotógrafo y diseñador trabajando para medios como las revistas El Caimán Barbudo y La Zorra y el Cuervo (esta última digital). De manera que estamos en presencia de un autor completo, al extremo que ésta, su última entrega viene acompañada de un disco donde el autor lee cada uno de los poemas de su libro. El escritor en su quehacer evita los rebuscamientos altisonantes, por el contrario encamina su poética por la simplicidad de los hechos, de las cosas y la sencillez aparente de las palabras. Pero como ocurre cuando se trata de un poeta en control, marca el sendero por el que quiere que se conduzcan los lectores, penetrando en su sensibilidad y dejándolos extasiados ante los eventos de amor, soledad y desamparo que transmiten los poemas. Sin embargo hay algo oculto y misterioso en algunos de los poemas, donde se percibe un desdoblamiento del autor, como si él no fuera el poeta o el poeta estuviera distante del escritor. Este es un detalle curioso, encerrando en sí mismo una expresión poética como secreta, que propone cierto pudor a dejarse ver en toda su plenitud. No hay mejor manera de ilustrar el sentir de un escritor que en su propia expresión. En el poema Instantánea escribe: “por la vieja plaza/ donde los muchachos del barrio/ discuten sobre béisbol/ he visto pasar mi sombra/ sin detenerse como antes/ debajo de los ficus// la he visto escurrirse silenciosa/ entre las tristes hojas/ que el otoño arrastra”. El libro, que está dividido en tres pequeños cuerpos de poemas, con homenajes a figuras que de alguna manera describen influencias y admiraciones. Las páginas marcadas me remiten a poemas como Este verano hace crecer las flores, Mar, Acaso el corazón, Jueves, El amante y Un hombre extraño. Y para terminar el poema que le da título al libro: “un hombre puede ser la repetición/ de otro hombre que no conoce/ que ni siquiera sabe que existe/ en la otra orilla/ al otro extremo de la calle/ dentro de otra soledad// un hombre puede inventar cantos/ y sentirse muerto/ mitad lumbre y mitad péndulo/ cayendo/ agujereándose el ojo para ver brotar el mar/ y construirse un velero/ o una simple tabla para salir a flote// en esta época/ un hombre puede ser un animal desconocido/ una ciudad dentro de un caracol/ soñando/ sintiéndose inseguro de su casa/ la sombra de un hombre/ puede ser la otra cara del miedo/ un barranco/ la señal de vida/ (o de muerte)// después de todo/ un hombre puede ser/ la otra carta por jugar”.


Enlaces externos


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